Hubo un tiempo en el que pertenecer a un grupo era un requerimiento necesario para sentirnos arropados; de ahí, el gran florecimiento de las marcas, de los clubs, de las etiquetas... Cada agrupación acogía un código común que les acreditaba su pertenencia a él. Crear expresiones comunes, jergas, palabras que sólo pudieran ser descodificadas por aquellos que eran miembros. Era la época de los grandes eslóganes, de los predicadores televisivos, de las concurridas conferencias a las masas, y de la preponderancia del “mass media”. La expresión individual de cada uno se reservaba para foros pequeños, para las conversaciones “de tú a tú” o entre amigos, es ahí donde se daba espacio para mostrar nuestra identidad comunicativa, es ahí donde apreciábamos los matices y diferencias entre un orador y otro.
Hoy en día, en esta nueva era, el terreno nos aboga cada vez más a extrapolar nuestra identidad, nuestro ser, a todos los campos expresivos de nuestra vida y muy particularmente de nuestra comunicación.
Las nuevas reglas de la comunicación: la expresión, la intuición, la autenticidad, y la creatividad.
Existen nuevos criterios para sustentar una buena comunicación y que se añaden a los ya conocidos. Además de la claridad o a la eficacia se aprecian otros nuevos como son: la expresión, la intuición, la autenticidad y la creatividad.
La comunicación expresiva. Una ruta para desarrollarnos en nuestra máxima expresión
Todos en mayor o menor medida hemos hablado en voz en alto, nos hemos mirado al espejo y nos hemos preguntado cosas o hemos hablado con la almohada.
El acto de la comunicación es innato al ser humano, estamos continuamente comunicando. El arte de comunicar, la oratoria, va más allá de lo “oral”. Afortunadamente en nuestra sociedad se nos da permiso para expresar con muchos otros instrumentos. Lejos queda la corrección llevada a lo absurdo en la que se sugería que en el hablar había de ser prudente, discreto y formal. Nada que objetar, salvo que en extremo hace que perdamos vida y la vida es lo que nos conecta con el mundo y con nosotros mismos.
Aquello que está vivo, nos llama la atención y aquello que se da permiso para ser y estar, todavía más.
El fin de su comunicación, es… comunicar. No hay subtexto, ni entrelineas, no hay adjetivos.
Partiendo de esta esencia ¿Qué es todo ese decorado con el cual adornamos nuestra comunicación? ¿Qué queremos resaltar? ¿De qué nos queremos proteger? Cuando entendemos los filtros que ponemos a nuestra comunicación, entendemos la forma en la que nos mostramos a nosotros mismos.
Podemos afirmar que conociendo nuestra comunicación nos conocemos a nosotros mismos y los recursos que utilizamos en el mundo. Si trabajamos con ellos desde la comunicación, trabajamos acerca de cómo nos vemos a nosotros mismos y como nos proyectamos a los demás. Desarrollando nuestra comunicación expresiva estamos ampliando los recursos disponibles para ponernos ante la palestra. Sería como dotarnos de diferentes colores y diferentes pinceles para que estén a nuestro servicio a la hora de pintar nuestro cuadro. Nos ayuda el aprender nuevas formas, el exponernos explorando nuevos recursos y encontrar aquellos nuevos que más se ajustan a nosotros: ampliar nuestros registros de voz, utilizar diferente musicalidades ante un mismo texto, aprender nuevas gramáticas corporales. De esta forma ganamos libertad expresiva porque tenemos más opciones e instrumentos a la hora de comunicar.
La comunicación intuitiva.
Cuando hablamos de la comunicación expresiva hemos de hacer referencia a un nuevo concepto que ronda al que hemos bautizado como “La comunicación intuitiva”, que es aquella que se aprecia por la intuición y se percibe más allá de las herramientas, las técnicas y los recursos que podamos emplear. Esta comunicación emana de nosotros mismos y es proyectada al exterior. Dos mismas personas pueden ejecutar una misma exposición y aportarnos diferentes cualidades, ser totalmente diferentes. Esto es debido a que hay unos principios activos que modifican la sustancia, son internas y van en consonancia con lo que somos y con nuestras creencias ante el acto de comunicar. Su base se encuentra en nuestra profundidad. La PNL Programación Neuro Lingüística nos ha aportado valiosos conocimientos que nos sirven para explorarla, desempolvarla y abrillantarla para que a través de nuestra comunicación reluzca de forma infinita y verdadera, desde nuestro propio ser. Cuando acaece que nuestros recursos internos están alineados, son coherentes con nosotros mismos, conectamos de una forma más verdadera con nuestros interlocutores, emitimos mensajes más nítidos y auténticos. Y de aquí parte otra de las consignas necesarias para la nueva comunicación: la autenticidad.
La autenticidad
En un mundo donde las etiquetas comienzan a perder su importancia se da a lugar a la identidad particular, tanto del orador como del oyente. No es en vano que los oradores más afamados tienen sus propias señas y estilos que difieren del resto. Crean escuela. En la comunicación auténtica no se requiere el imitar los patrones de los oradores que nos gustan, si no aplicar los mecanismos que emplean para encontrar su estilo y hacerlo único, como único es cada ser. Si nos convertimos en repetidores de meras técnicas nos hacemos autómatas, técnicamente perfectos pero ausentes de verdad, el interlocutor, bien sea un auditorio o un grupo reducido de personas, reconoce esta ausencia de verdad y desconecta del mensaje.
La verdad la encontramos tanto en el mensaje que lanzamos como en la forma en que lo hacemos. Nuestro estilo es único, inimitable y sumamente brillante. En el camino de la evolución de nuestra comunicación personal descubrimos como estar conectados con nuestra esencia para que el resto discurra fácilmente. Es como vislumbrar la fuente de nuestro interior, reconocer sus características, acogerlas y utilizarlas para que el agua fluya de forma natural.
En esta época se da espacio a la individualidad. Estamos en una fase más madura, hemos pasado por la fase que nos demandaba una dependencia a un grupo que exigía y marcaba lo que era correcto y lo que no, hemos pasado por un deseo de romper con el grupo y hacer una comunicación que quería imponer con su ego nuestra diferencia con el resto dando como resultado una comunicación excéntrica en donde las formas primaban sobre el contenido.
Ahora comenzamos la era en la que se reconoce nuestra individualidad y además se hace para el beneficio común, es decir: transmitir el mensaje, desde lo que somos para que llegue mejor a nuestra audiencia. Ser auténtico en la comunicación es un viaje de exploración de uno mismo en donde nos encontramos con nuestros talentos y esencia verdadera. El resultado es una mejor conexión con el mundo, más sólida y más libre.
La Creatividad en la comunicación. Crear una comunicación viva
La creatividad es la facultad de crear. Crear es introducir por vez primera algo; hacerlo nacer o darle vida. Encontrar nuevas soluciones para viejos problemas.
Encontrarnos que la necesidad de realizar un discurso impactante, es un “problema”. Gracias a la creatividad podemos darle “solución” de una forma innovadora, utilizando nuevos recursos. La creatividad humaniza porque llena de vida. Uno nace siendo creativo. Cuando reconocemos nuestra gran capacidad de crear, estamos conectando con una de las fuentes de energía más poderosas y saludables que existen en el mercado.
La comunicación creativa es aquella que llena a las palabras de vida, las conecta con los sentimientos y con la autenticidad del que las dice.
Cuanta más creatividad incorporemos a nuestra comunicación, más impactante y auténtica será. Para eso, transitamos nuevos espacios, intenciones y recursos que nos invitan a salir de nuestra comunicación habitual.
La meta es explorar otras formas de hacer lo mismo, para enriquecer nuestras palabras que rebosan de vida. La comunicación creativa nos permite atrevernos a decir las cosas con más libertad y así decirlas del modo que más entusiasme a nosotros mismos.
Lo que nos inquieta a la hora de comunicar: El miedo escénico.
“Si soy de los que no sabe que hacer con las manos cuando hablo en público, o no sabe a donde mirar, o de los que hablan sin poner acentos o gestos a su rostro… estoy de enhorabuena porque todo ello es información valiosa y constructiva para crecer y ser más nosotros mismos”
Cuando preguntamos a nuestros participantes cuál es el síntoma que más les preocupan a la hora de comunicar en público, la gran mayoría contesta en primera instancia: El miedo escénico.
El miedo escénico es una etiqueta muy extendida para designar diferentes estados alterados. Para cada uno, este concepto entraña diferentes fuentes y síntomas, por ello, lo primero es ahondar en lo que entiende la persona por miedo escénico. Cuando hacemos un regalo con mucha ilusión, nos embarga emociones que se exteriorizan, y esto es algo generoso porque nos indican la ilusión que tenemos por saber que el receptor lo va a recibir con agrado. En estos casos la etiqueta miedo escénico queda sobredimensionada. Podemos decir que cuando estamos frente al público sentimos unos primeros momentos de emoción expectante extrema que nos aflora con la buena intención de que aquello que tenemos que decir sea útil para el que lo escucha. En otros casos, el miedo escénico puede imponer un bloqueo que nos limita en nuestra expresión, por lo general podemos detectarlo por las respuestas fisiológicas: sudor de manos, temblor en la voz, sequedad de garganta, flojera en las extremidades, rigidez en el cuerpo… Todos ellos son meros síntomas de lo que acontece en nuestro interior y se convierte en algo sobre lo que trabajar cuando los síntomas superan nuestra intención de comunicar y cuando estos nos llevan a situaciones paralizantes o de desagrado, de poco disfrute.
La buena noticia es que se puede trabajar, lo primero que podemos hace con el miedo escénico es desenmascararlo, darle la magnitud real que tiene. Darle espacio siempre y cuando no nos afecte en sobre manera. Aprender recursos que nos ayuden a calmar esta respuesta fisiológica, como pueden ser trucos escénicos que nos sirven de salvavidas Y por último y muy importante, indagar el origen para crear un programar más saludable y de esta forma disfrutar libremente de la comunicación con los demás.
Mónica Martín Burgos
Experta en Oratoria & Comunicación
Escuela InCrescendo


