Cuando me puse en contacto con ella, aprendiendo primero los elementos más fundamentales y después, todo aquello que se escapa a la concreción de las palabras, no me imaginaba que algo tan sencillo, aún sin proponérmelo, pudiera realizar una metamorfosis en mí.
Dada la situación, decidí que a la vez de facilitar la terapia a las personas que acudían a mí, también yo quería recibirla, ya que solo de esa manera, podría entender al otro, es decir, desde mi propia experiencia.
Y así, casi sin darme cuenta, fui percibiendo, vislumbrando, vivencias de mi vida prenatal y de otras etapas de mi vida que se habían escondido en un rinconcito de mí, ocupando un espacio de dolor y oscuridad que no me permitían ser quien soy.
Poco a poco, fui haciendo consciente cada herida, fisura, dolor, miedo, culpa, rabia, abandono, soledad… y, de una manera suave, aunque intensa y profunda, se iban disolviendo corazas, como si un escultor esculpiese su gran obra, con entrega y amor.
La fuerza vital empujaba iluminando todo aquello que estaba oscuro, vistiéndolo de color, llevándome a la aceptación, al abrazo de cada girón y a la transformación de mí vida.
Perdoné y me perdoné, abriéndome a la vida, dejando atrás aquella coraza que limitaba mis movimientos, liberándome de los bloqueos que no me llevaba a otra parte que no fuera la enfermedad.
Hice la paz con cada situación, con cada persona. Hice la paz conmigo misma y actuando desde el corazón vi que el perdón no solo es una expresión de amor, si no que en esencia, es amor.
Y así hoy, cada persona que llega a mi vida, cada situación y vivencia me da la oportunidad de perdonar-me, de sanar, y de crecer. Es un dar y recibir, un recibir y un dar. Es estar en común-unión.
No importa las herramientas que utilicemos para “el perdón” con tal de que lleguemos a él. Hay infinitas posibilidades, todas son válidas. La mía, llegó un día con la técnica metamórfica, para quedarse…


