Lo que quizás no sepan esas personas es que la ciencia ya ha demostrado que los genes únicamente proporcionan una cierta estructura, mientras que es el entorno el que hace que unos genes se activen y otros no. Da la impresión de que la ingeniería genética ha calado tan profundo en la sabiduría popular que aún hoy en día, y a pesar de todos los avances que niegan su infalibilidad, sigue siendo tomada como la explicación milagrosa de todos los males de la humanidad. Seguimos buscando los genes de la obesidad, de las adicciones, de la depresión, de la ansiedad e, incluso, del TDAH.
La idea subyacente a esta forma de pensar es que, si todo está en los genes, nosotros no tenemos ninguna responsabilidad sobre cómo son nuestros hijos o sobre las enfermedades que ellos o nosotros desarrollamos. Antes era el Todopoderoso el que nos enviaba las maldiciones, ahora es el ADN. Hemos sustituido un dios por otro, pero no hemos avanzado nada. El inconsciente colectivo ha creado una versión moderna del antiguo "Dios lo ha querido así". Derivada de esta fe o creencia, la idea básica que perdura a través del tiempo y de las culturas es que existe alguien (o algo) externo a nosotros que controla nuestro destino y que no podemos hacer nada salvo resignarnos.
La cuestión principal es que, mientras haya alguien a quien culpar de nuestros males, no tendremos que mirar hacia dentro y analizar qué es lo que estamos haciendo en nuestra vida para que nos suceda lo que nos pasa.
La genética es la moderna explicación de nuestras desgracias y ha supuesto, durante décadas, una estupenda excusa para no enfrentarnos a la responsabilidad que tenemos con respecto a nosotros mismos y, obviamente, también hacia nuestros hijos. Podríamos evadirnos de esa responsabilidad si las promesas de la ingeniería genética fuesen reales, pero ya hemos visto que no son más que una ilusión y que la ciencia actual se centra en la epigenética, es decir, en cómo el ambiente hace que los nuestros genes se manifiesten de una manera o de otra.
Desde que éramos pequeños, siempre han sido otros los que decidían por nosotros y no hemos podido desarrollar la capacidad de experimentar, de equivocarnos y de aprender de nuestros errores. Primero fueron nuestros padres, luego fue Dios y ahora es la genética y, de esta forma, nunca vivimos plenamente. Sé que es duro asumir la responsabilidad sobre lo que nos pasa, pero estoy convencido de que es la única manera de recuperar el control sobre nuestra salud y sobre nuestra vida.
Por otra parte, a un nivel inconsciente más profundo, estas explicaciones divinas o genéticas nos brindan la excusa perfecta para evitar culpar a nuestros padres por lo que nos hicieron y yendo más allá, para eludir cuestionarnos nuestros propios errores en la crianza de nuestros hijos.
Por cierto, aunque el camino sea más difícil, pues implica un largo y duro trabajo de introspección personal, la no existencia de ese determinismo religioso o genético conlleva una gran ventaja, pues, podemos cambiar nuestras circunstancias personales y las de los que nos rodean.


