Si nos estamos refiriendo a ese tipo de experiencia... ¡Ya quedé colmada!
Los padres y las madres no necesitamos -ese tipo- de Escuelas. Y los niños tampoco necesitan pasar por eso ni un solo día, ni una mañana.
Pero si tras las palabras “Escuela de Padres” encontramos a la tribu perdida… Entonces puede tratarse de una experiencia muy grata y satisfactoria para la vida de una familia…
Lo que nos falta es sostén, otros seres humanos en quienes apoyarnos y con quienes crecer.
Pero eso se ha perdido y una “Escuela de Padres” es cierto que puede ser lo más parecido que encontremos…
Ojalá que allí descubramos aliviados que el objetivo no era darnos recetas y sí apoyarnos en nuestro saber hacer y en recuperar la conexión con nosotros mismos y –muy unido a esto primero- la conexión con nuestros hijos.
Observo que adultos y niños lo que de veras necesitamos es recordar que sí sabemos, que en nosotros habitan todas las respuestas y que podemos elegir -desde adentro- las experiencias que queremos vivir, las que nos dan verdadera felicidad.
Pero sigue habiendo alta demanda del viejo concepto “Escuela de Padres”, con la libreta a punto para volver a casa llenos de soluciones…
Cuando algo está en desequilibrio en nuestra relación con los hijos, acudimos en peregrinaje, de profesional en profesional, a que nos aconsejen. De hecho los adultos estamos acostumbrados a dirigirnos al especialista de turno para cada desequilibrio en nuestra vida. Sea físico, mental, emocional o espiritual.
Delegando nuestro gran poder en otros. Perdiéndolo sin darnos cuenta.
Los padres y las madres desconocemos que no necesitamos que un “profesional” nos asesore sobre cómo hacer las cosas con nuestros hijos.
No necesitamos “profesionales” que nos sigan dictando desde afuera lo que nos conviene a nosotros, ni lo que les conviene a nuestros hijos.
Volviendo la mirada hacia nosotros mismos y hacia nuestros hijos, desde adentro del propio sistema, somos capaces de generar el anhelado reequilibrio.
La verdadera brújula está en casa, bien cerquita. Y se construye simplemente uniendo un puente desde nuestro corazón hasta el de nuestros hijos.
Pero cuántas resistencias ante un acto tan simple…
Qué poco disponibles estamos para escuchar la voz de nuestros hijos o para conectar con nuestro corazón.
Se hace más sencillo buscar consejo lejos de casa.
A estas alturas del cuento, nos encontramos desconectados de nuestra voz interior, desentrenados en mirar a los ojos a nuestros propios hijos, y menos aún aceptando lo que vemos, amándoles como simplemente son.
Pero ahora no nos cobijemos en la culpa…
Podemos comprendernos si echamos la mirada atrás, hacia nuestra propia historia siendo niños… Y aún más atrás, hasta la vivencia de nuestros propios padres siendo niños…
Comprendiendo lo difícil que es escuchar cuando no nos escucharon.
Comprendiendo lo difícil que es amar incondicionalmente cuando nos pusieron un montón de condiciones para amarnos y aceptarnos como éramos.
Lo difícil que resulta reequilibrarnos desde adentro, sin acudir a un “profesional”, cuando nos convencieron siendo niños para que buscáramos siempre fuera de nosotros mismos…
Otro gallo nos cantaría si desde niños los seres humanos permaneciéramos en contacto con nuestro fuero (fuego-corazón) interno.
Si desde que llegamos a este mundo nos hubieran permitido ser nosotros mismos, sin tantas condiciones, sin tanta insistencia para que fuéramos diferentes a lo que éramos, guiándonos a cada paso para decirnos lo que nos tocaba y convenía en nuestras vidas… 
Pues aunque nos vendieron la moto de que sabían lo que nos convenía mejor que nosotros mismos… algo me dice que si nos hubieran dejado escucharnos, auto-regularnos y elegir (que también comporta bienvenidos errores, que no son otra cosa que experiencias) ahora probablemente estaríamos más en contacto con nuestra naturaleza única, seríamos los mejores especialistas en nosotros mismos y fácilmente entenderíamos lo que nos dicta nuestro corazón, esa gran pieza de la brújula para nuestra felicidad y la de la familia entera.
Pero nos hemos pasado la vida haciendo lo que otros dictaron para nosotros, en casa, en la escuela, en el trabajo…
Desde que éramos bien vulnerables nos dijeron cómo, cuando y donde ser, hacer o tener… Nos condujeron a la obediencia… Y nosotros nos moldeamos para encajar, para obtener aprobación y amor…
Y ahora, más o menos inconscientes, hacemos lo mismo con nuestros hijos… Hacemos lo único que sabemos, lo que vivimos en propia piel: Los condicionamos para obtener nuestro amor.
Manipulamos, chantajeamos, castigamos, premiamos… pues todo vale a la hora de “educarles”.
Pero mis hijos no han venido a través de mí para que yo los “eduque”, han venido para que yo los ame.
Ellos tienen todo el derecho a construirse a sí mismos como quieran. No tienen que ser como yo quiera o tenga decidido para ellos.
Como padres nos aligeraría de peso poner en duda muchas creencias heredadas y adquiridas acerca de la “educación”.
En nosotros habitan un montón de pesadas creencias, más o menos rígidas, acerca de lo que les conviene a nuestros hijos. Esas creencias, a menudo, tienen que ver con mantener una sociedad autoritaria y para nada contribuyen a la felicidad de nuestros hijos, ni a la nuestra propia…
¡Que tus ideas no te enjaulen y sobretodo que no enjaulen a tus hijos!
Y ojalá recuerdes que el momento presente, tengan la edad que tengan tus hijos, sigue siendo un gran momento para la reconexión, para construir el puente, sin salir de casa.
Cristina Romero
Actualmente se dedica a escribir, a compartir experiencias sobre el cuidado del alma infantil desde esta página DespertarEnlaLuz.com así como en talleres, charlas…
Autora del libro "Pintará los Solesde tu Camino" (descargable en PDF)

