En ocasiones, los cambios en la vida vienen sin avisar. Uno de estos cambios, me ocurrió un día al despertar un domingo por la mañana. Cuando sonó el timbre, esperaba encontrar a mi novio en la puerta, y en su lugar estaban sus padres y sus abuelos. Había tenido un accidente de coche esta misma noche y había fallecido. Inicialmente me invadió una sensación de “esto no es más que un sueño”. Fuimos juntos a reconocer el cuerpo y me quedé con ellos porque no podía quedarme sola. Era demasiado. ¿Qué fue lo que me ayudó? Creo que el amor de mi entorno. Durante casi tres semanas, fui acogida por mis padres, por los padres de mi novio y por mi cuñada quién me ofreció dormir en su casa. Esto me ayudo a sentirme parte de la familia y a sentir que no terminaba la relación con ellos.
Una de las noches posteriores al accidente tuve una especie de revelación. Sentí como un contacto con el alma de mi novio a través de un sueño. Él venía a despedirse y abrazarme, y en ese instante, físicamente sentí una fuerza nueva en todo mi cuerpo. Así de golpe. Sentí que a pesar de todo estábamos unidos, y que algo me invitaba a “aprovechar la vida”. Me invitaba a recordar que la vida era “aquí y ahora”. Desde entonces, algo se transformó en lo más profundo de mi Ser y seguí adelante. Después de este duro cambio hubo otro que fue determinante en mi vida. Posiblemente el más fuerte de todos los que he experimentado. Unos 4 meses después de la pérdida de mi novio, me llegó una oferta de trabajo en África para trabajar en el campo de la investigación sobre el sida (en el año 1989, todavía era el principio de esta pandemia). La llamada interior fue muy potente, de las que no dudas ni un instante a pesar de que significaba dejar atrás a mi familia y amigos. Todo se desarrolló muy rápido, y dos meses más tarde, me marchaba hacia África. No tuve mucho tiempo de pensar (y creo que lo agradezco), y decidí no escuchar lo que la gente decía a mi alrededor, algunos de ellos que conocían África y que trataban de enseñarme o prepararme. La misma mañana en la que mis padres me conducían al aeropuerto, fue realmente cuando me di cuenta de lo que hacía, pero no había marcha atrás. En esos momentos, aquello que me ayudó fue actuar desde la fuerza de mi corazón que palpitaba con excitación por la idea de esta aventura. También me apoyó, el hecho de que ninguno de mis padres puso freno. Siendo hija única, sabía lo duro que estaba siendo para ellos, pero nunca no mostraron. Soy consciente de que en parte huía de la Bélgica dolorosa de los meses anteriores, pero también de que iba a reconstruir mi vida y, sobre todo, reconstruir una nueva Véronique. Y así fue. El primer mes fue un periodo de euforia, de total libertad. Cerca del aniversario de la muerte de mi novio, caí en una depresión. Incluso me enviaron 10 días a Bélgica para recuperarme. Y fue allí en donde ocurrió otro milagro. Un libro escondido en una caja del garaje en la casa de mis padres y que nunca había visto antes. Se titulaba, “La fuerza de la vida”, de Martin Gray. El autor, después de perder a casi toda su familia en los campos de concentración durante la segunda guerra mundial, de haber conseguido evadirse y crear una vida feliz, perdió de golpe en un incendio forestal a su mujer y sus 3 hijos. A punto de suicidarse, decidió escribir su historia. Este libro que cayó en mis manos en el momento perfecto, me invitó paso a paso a amar la vida. De regreso a África, hice algunos cambios con la ayuda de amigos para mejorar mi estancia allí. Un cambio de casa, seguir los pasos de mi libro, más la preciosa amistad de una mujer maravillosa que trabajaba en el mismo proyecto que yo, me ayudaron a encontrar fuerzas en mi interior y a resurgir de mis cenizas. Escribiendo estas líneas, ahora me doy cuenta de la importancia de ser acompañado, en mi caso, por esta gran amiga. Durante algún tiempo, me invito a quedarme con ella. Si necesitaba hablar, ella me escuchaba. También compartía conmigo sus dificultades, y nos reíamos, salíamos. Realmente estuvo presente sin interferir en mi proceso,… este arte que aprendemos como doulas. Ojala pudiéramos aprender a amarnos a nosotras mismas de esta misma manera, con paciencia, con dulzura y sin expectativas. De aquella nueva vida que comenzó en África, surgió de mí una fuerza y una autoestima que jamás había sentido. Me hizo crecer y sentirme mejor conmigo misma, y mucho más madura. De África, me trasladé a Estados Unidos trabajando en el mismo campo y con la misma gente. Fue allí en donde descubrí el trabajo personal con el niño interior y con Rebirthing, otro despertar en mi vida. Un despertar que me hizo cambiar de profesión, de cuidad y que me permitió encontrar al hombre que años más tarde se convertiría en mi marido y el padre de nuestros dos hijos. Quiero terminar con una inspiración que tuve un día en pleno vuelo entre Madrid y Bruselas: “Lo peor no sería fracasar, sino llegar al final de mi vida sin haberlo intentado,… sea lo que sea”.
Véronique Batter Doula, Renacedora, formadora en Preguntas Creativas y fundadora del Proyecto AlmaNacer www.almanacer.es 619 91 48 53 |