¿Qué por qué me dedico a ayudar a los demás? Pues porque la primera que necesita tocar de pies al suelo, soy yo. Me explico: tengo 55 años y ya hace unos cuantos que me dedico a trabajar con la respiración, ayudando a los demás a desbloquear sus propios bloqueos. En realidad mi trabajo consiste en enseñar unas herramientas que a mi me han salvado y me han devuelto literalmente la vida. A lo largo de estos 55 años he hecho de todo, pero básicamente, estar mas perdida que un pulpo en un garaje. He sido periodista, fotógrafa, artista plástica y a partir de los 50 y harta de tanto caos, me decidí a poner en práctica unas técnicas que aprendí de mi estancia en India, en el año 92. En concreto Poona.
Mi nombre Nirupa, me lo puso Osho, y allí fui a parar porque mi trabajo como periodista científica, había llegado a agobiarme tanto que no soportaba la idea de seguir “engañándome”. Por aquel entonces iba una vez por semana a una terapeuta gestáltica, y solíamos trabajar mi baja autoestima. Curiosamente nadie de los que me conocían hubiera dicho jamás que yo fuera tan insegura, máxime teniendo en cuenta, que me había ganado el apodo de “lengua viperina”. Contaba con una página todos los sábados en La Vanguardia bajo las órdenes de Carles Torres que era mi redactor jefe; por aquel entonces Vladimir de Semir era el director de la sección Ciencia y Tecnología. Paralelamente colaboraba en el País, el grupo Nuevo Lunes de Madrid, la revista francesa 01 Informatique ( París) y las revistas de informática del grupo VMU de Madrid. Al mismo tiempo era jefe de prensa del Copca y Cidem cuya directora era Ana M Birulés, y del departamento de Industria a las órdenes de Josep Piqué; colaboraba en el departamento de prensa de la U.P.C (Universitat Politécnica de Catalunya) y organizaba las primeras jornadas de robótica para dicha universidad. Con semejante historial nadie diría que yo tenía complejo de inferioridad verdad? Pues se equivoca, de hecho fue en esa época (34 años) cuando decidí acudir al psicólogo. Recuerdo que iba a las ruedas de prensa con sombrero, y tenía la costumbre de levantarme, decir mi nombre y el medio de comunicación que representaba, y hacer la pregunta más capciosa y puñetera. Nadie se daba cuenta que tenía el aire justo para hacerla, que cuando me sentaba estaba roja como un tomate,(el sombrero me cubría la cara ), y que me sujetaba la mano derecha (fumaba) con la izquierda, para parar el tembleque de la misma; y esas malditas taquicardias en donde pensaba “si nena si, has hecho la pregunta, pero te vas a quedar tiesa en la butaca por un ataque al corazón”. Me odiaba por tener tanto miedo y me retaba a mi misma a levantarme y hacer la pregunta que quería hacer. Así empezó mi proceso personal. Después de cuatro años de terapia, lo abandoné todo y me fui a India. Mi terapeuta, Llucia, me decía ¿sabes verdad que estas huyendo?, no, la verdad es que no tenía conciencia de qué quería decir “estas huyendo”. Solo sabía que me sentía muy falsa conmigo misma, pues yo no había estudiado periodismo, y me sentía en constante inferioridad con los demás. Hiciera lo que hiciera, nunca conseguía estar a la altura de mis propias expectativas y auto-exigencias: tenía que ser la mejor, la número uno; y lo conseguí en tan solo 10 años, pero yo no lo veía. Toda esa aparente “mala leche” correspondía a un gran complejo de inferioridad, y a una falta total de confianza en mi misma. Era muy dura conmigo, y por ende con todo el mundo. Por eso me llamaban “lengua viperina”, me llamaban y me temían. Lo primero que sufrí en Poona, (India) fue la des-identificación con mi carnet de prensa de La Vanguardia, que tantas puertas me había abierto y a tanto político y presidente de empresa había cuadrado. Allí no me servía de nada. La aparente protección que el carnet de prensa ofrecía a mi inseguridad, a mi fragilidad, a mi falta de autoestima, desapareció. Al descubierto quedó un terrible desamparo, una sensación de ahogo, que nada podía paliar. Mi única seguridad, eran mis conocimientos de tecnología, de ciencia, de historia; en una palabra mi mente, y allí en el ashram, en las meditaciones, no me servían de nada. Allí, todos me decían “deja a tu mente de lado”, “eres una mente con patas”, “no pienses tanto”, “ juzgas demasiado” etc. Durante casi un año, me dediqué a meditar, y a aprender varias técnicas terapéuticas. Hasta que me quedé sin dinero y tuve que regresar. A Poona fui con 37 años, y al volver, me encontré sin casa, sin trabajo, sin saber lo que quería, perdí la custodia de mi hija por abandono de hogar pero aprendí el significado de ser consecuente y de la palabra compromiso. Durante más de 12 largos y dolorosos años mi proceso me ha llevado por desahucios, pérdida de identidad, sensación de no tener un lugar en el mundo para mi, de no encajar en ningún sitio, soledad interna y externa, fibromialgia; pero también he podido ver todo el inmenso potencial que tengo, mi fuerza, mi capacidad de amar, de ver, de perdonar y perdonarme, de aceptar, y de entender que todo, absolutamente todo lo que he vivido respondía a un Plan que previamente yo misma había solicitado para trabajar justo aquello que más he llorado: el desamor y transmutarlo en Amor incondicional, sin esperar nada a cambio, simplemente por el hecho de ofrecer a otro ser humano espacio, ternura y comprensión. Durante estos años me he visto reflejada en mi madre y en mi padre; en sus miedos, en su egoísmo, en su intransigencia, en su orgullo, en su victimismo, en su cobardía, en su envidia; y cuando todo parecía no tener salida, la vida puso en mi camino una persona que me enseño a respirar. Aprendí a bajar la energía de la mente al cuerpo, aprendí a sentirme, a no huir, aprendí a quedarme; empecé a aceptar que todo lo sucedido, lo había escogido yo para llevar a cabo mi labor; aquella que no se enseña en universidad alguna, que no obtiene ni galardones ni aplausos ni reconocimientos; que se hace en silencio y con la única aprobación de tu corazón. Aprendí a aprender. ¿Que porque me dedico a ayudar a los demás?, porque ayudando al otro, me ayudo a mí misma. “En el camino del espíritu, siempre se esta al principio”.
Nirupa Farreny i Bordallo
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