“La esencia de la grandeza radica Dr. Wayne W. Dyer Aquel sábado de Noviembre de 1974 me dio un vuelco el corazón. Mi intuición me puso en estado de alerta, como tantas otras veces. Y como tantas otras veces no le hice caso. En esta ocasión además no podía hacerle caso. Estaba obligada a entregar a mis dos hijos, Gabriel y Alejandro, de 4 y 6 años de edad, a su padre, obedeciendo al régimen de visitas judicialmente decretado a raíz de nuestra separación, -de las de curia, donde la mujer tenía que demostrar que era inocente de todo-, en la que obtuve su tutela y patria potestad. “-Dadle un beso a vuestra madre...y decidle adiós...” Algo dentro de mí sabía que ese sería el último beso. Les vi marchar a regañadientes, como otras veces, sus preciosas caritas volviéndose hacia mí, como si intuyesen algo también. Jamás les volví a ver.
¡SOBREVIVIRÉ! No voy a entrar en detalles sentimentalistas, porque por mucho que mi habilidad literaria fuese capaz de describir lo que una madre puede llegar a sentir ante tal villanía, nunca llegaría a rozar mínimamente la realidad. Si repentinamente amanecieras ciego, o viendo que todo se derrumba a tu alrededor, o que te amputan brutalmente los brazos o las piernas, aún así eso no sería nada comparado con el sentimiento de incredulidad, asombro, impotencia, desesperación, aturdimiento, dolor y rabia que surge por cada poro de tu cuerpo, mientras se te nubla de vista, el corazón quiere estallar en el pecho y la cabeza se paraliza. Todo a la vez y a la máxima intensidad que un ser humano puede sentir. Es sorprendente la capacidad de la persona para superar cualquier situación, por dolorosa que ésta sea. Siempre que consiga controlar su mente, por supuesto. Esta era la ocasión que la vida me brindaba para ponerme a prueba. Nunca mejor. De mí dependía dar el salto hacia un lado u otro de la invisible y delgada línea que separa la razón de la locura, la vida de la muerte. Una vez más surgieron mis recursos, mi espíritu, mi Dios interior a ayudarme. Todas mis partes internas se prepararon al unísono, con una fuerza imparable, para trabajar a mi favor: presentar batalla ante la vida. Un ¡NO! rotundo, categórico y diáfano surgió no sé de donde, supongo que de mi alma. Los primeros momentos fueron de shock, estupefacción e incertidumbre, pero los superé. Ante una prueba de la vida, tienes dos caminos: hundirte o superarte. Yo elegí éste último, con lo cual, todo el caudal de emociones que podrían haberse convertido en depresión, se transmutan en rabia, en fuerza, en acción. Tras haber interpuesto inmediatamente las denuncias pertinentes, mi mente comenzó de nuevo a trabajar, y lo hacía a una velocidad de vértigo. Todos los hechos pasados, todas mis referencias y aprendizajes, todo lo que había vivido hasta mis 29 años de tiempo en este planeta, desfilaban ante mí agolpándose, como intentando ayudarme, hacerme ver que este era un episodio más que había que superar. Y todo ello me iba generando una sensación tan fuerte de cólera que sentía como si fuese a explotar de un momento a otro. Hubiese podido matar perfectamente al malhechor... si hubiese sabido donde estaba. Para bien suyo, jamás logré dar con su paradero.
Una de mis preguntas autónomas “salvavidas” ha sido siempre: ¿qué hay que hacer?. Y en esta ocasión tampoco me falló. La respuesta apareció ante mi clara y contundente. A pesar de que mi sistema nervioso estaba a punto de estallar, apretando los puños y los dientes fuertemente, decreté con firmeza: “¡Veamos quien puede más, si la vida o yo. Nada ni nadie va a poder conmigo! Si esto ha ocurrido es por algo y para algo. Bien, pues ya que es así voy a aprovecharlo para hacer de mí una persona de la cual, si mis hijos algún día aparecen, puedan sentirse orgullosos y pueda ayudarles si me necesitan.” Y con ese motivador decreto, sin derramar una sola lágrima, eché los hombros hacia atrás, y salí de nuevo al mundo, a mi trabajo, a mi entorno, con la cabeza tan alta y con tanta fuerza y energía que nunca di a nadie la oportunidad de compadecerme, de decirme “pobrecita.” Jamás. Ni una sola vez di pie para ello. Porque nunca nadie me oyó quejarme. Es en estas ocasiones cuando te das cuenta de quiénes son tus verdaderos amigos y familiares. De los primeros, uno tan solo estuvo a mi lado para echarme una mano en lo que pudiera. De los segundos, ninguno. Durante los años siguientes busqué a mis hijos de todas las formas que estaban a mi alcance y en cuantos lugares se me ocurrió que podrían haber ido, pero era como si se los hubiera tragado la tierra. Hice tantas gestiones infructuosas, -todo lo que mi imaginación y posibilidades dieron de sí-, que el expediente que tengo guardado pesa varios kilos. Había que seguir adelante, siempre adelante. Continué mi vida sin saber si estarían vivos o muertos. Pero aún así, no dejé ni una sola noche, en todos los años de vacío y ausencia, de visualizarles y enviarles mi energía para que estuvieran bien, pidiendo a Dios que se ocupase de ellos dondequiera que estuviesen. “Dios mío, cuida de mis hijos y haz de ellos unos hombres de provecho.” Toda esa energía interior la volqué en mi trabajo, en mis estudios, en mis nuevos aprendizajes, en mis viajes y en mis nuevas experiencias, sin perder jamás la esperanza de que mis hijos debían estar vivos, en alguna parte del planeta. Algún día regresarían, algún día me buscarían, algún día... Al mismo tiempo seguí con mis pesquisas, tanto personales como legales, no encontrando más que ineficacia, excusas y un trato machista totalmente discriminatorio que incrementaba cada vez más mi profunda sensación de impotencia, pensando que si eso mismo me hubiera ocurrido en un país civilizado, o si yo hubiese sido una persona importante, las cosas no hubiesen sucedido de la misma manera. Así fueron transcurriendo los años. ¡Qué rápido pasa el tiempo cuando tienes tanto por hacer! Estudiar y aprender, descubrir y experimentar, crecer y evolucionar. Esas fueron mis mayores motivaciones. El tiempo, inexorable, implacable, hizo el resto. Fui llenando mi mente de informaciones que pudieran aportarme una nueva luz sobre mi vida y mi futuro. Dejé mi huella en muchos lugares del planeta y descubrí, una vez más, mi gran capacidad de ponerme a prueba a mí misma. Sin saberlo, el Universo me iba preparando una nueva identidad para una nueva misión. Todo es para nuestro bien último, sólo que no lo sabemos de antemano. “Cambia tú y cambiará tu entorno”. Y así fue. Tras los procesos habituales de crítica feroz, envidia, admiración y respeto (en ese orden) que manifiesta el entorno hacia las personas que se atreven a marcar una diferencia, el feedback de mis allegados de entonces también comenzó a cambiar. Al principio fueron las típicas frases de “cómo has cambiado, has mejorado mucho, no eres la misma de antes...”; luego fueron las frecuentes peticiones de consejo, el ayudar a solucionar problemas, el aportar siempre nuevas ideas, pero sobre todo fue mi cambio de actitud el que hizo que aquella fuerza interior se fuese canalizando hacia fuera, hacia los demás. A lo largo de mi periplo en solitario a través del tiempo, había sido capaz de sustituir mi rabia por paciencia y comprensión, mi rebeldía por aceptación y mansedumbre. Al cabo de un tiempo, en ese proceso de crecimiento personal, llegué a ser capaz de perdonar. Me costó un gran esfuerzo, Dios lo sabe, pero lo conseguí. ¡Otra prueba más superada! Bien. Todo empezó a cambiar todavía más desde ese momento. Otro cambio más, cada vez a mejor, cada vez más lejos, cada vez más alto… Un buen día, unas compañeras de mi trabajo me dijeron que querían que les hablase. Ante mi asombro, querían que les hablase a un grupo de gente que quería conocerme. Al parecer, mis consejos y ejemplo les habían sido de mucha utilidad, y había otras personas que también necesitaban ayuda y deseaban un consejo, una palabra diferente. Eso no me lo esperaba. Todo lo que había estudiado y aprendido a lo largo del tiempo, era para mí, para mi propio desarrollo, pero nunca pensé en transmitirlo a los demás. No me consideraba preparada para tamaña responsabilidad. Dudaba, pensaba, reflexionaba. ¿Por qué yo, Señor, si no estoy preparada? Mi voz interior respondió una vez más: “si es así, por algo será. Acéptalo, como siempre.” Lo acepté y puse una fecha. Esas semanas apenas pude dormir, pensando por donde empezaría y por dónde acabaría. Cuando lo tenía claro, pensaba que habría que poner algo en medio. Sí ¿pero qué? Hasta que por fin el guión quedó hecho, revisado por enésima vez y listo en una bonita carpeta azul. ¡Al fin de semana siguiente iba a dar mi primer cursillo! Iba a sacar hacia fuera todo lo que había ido guardando hacia dentro: lo mejor de mí misma. Sería una prueba más. Pero no iba a ser la última. La fecha estaba encima. El día anterior al cursillo, viernes, sonó el teléfono. Una voz masculina desconocida preguntaba por mí. Con palabras indecisas, sin saber muy bien cómo hablarme, me dijo: -Señora, aquí es la Jefatura de Policía. ¿Tendría Vd. inconveniente en venir a hablar conmigo? -¿Qué ha ocurrido, alguna desgracia? -...no exactamente, no se preocupe, pero no me gustaría decírselo por teléfono, si no le importa. -Pero bueno, ¿no puede decirme de qué se trata? -Sí, ... pero preferiría decírselo personalmente porque es algo muy importante. Acordamos que iría inmediatamente. No hizo falta que me dijera nada más. Lo sabía, estaba segura. Nuevamente sentí aquel inconfundible vuelco en el corazón, esa intuición que siempre me avisa, pero que ya había aprendido a reconocer. Colgué el teléfono para llamar de inmediato a mi mejor amigo, ese ángel tutelar que Dios nos pone en la ventana cuando nos cierra una puerta y que tanto me había ayudado en los peores momentos. -¿Estás sentado? –dije con voz entrecortada por la emoción. -Sí, ¿qué pasa?, no me asustes... -Mis hijos han aparecido. -¡¿Quéee... cómo lo sabes? ¿Estás segura? No te vayas a hacer ilusiones... -Lo sé, estoy segura. Son ellos. No me equivoco. No me puedo equivocar. Y no me equivocaba. Con gran emoción y precaución, temiendo por mi reacción y más nervioso que yo, el Inspector de Policía de la Brigada de Investigación Criminal, donde durante estos años ya me había hecho asidua, me mostró una fotocopia de una carta, escrita con letra para mí desconocida: provenía del Consulado de Caracas, en Venezuela: mi hijo pequeño buscaba a su madre. Quería saber si estaba viva. Habían transcurrido dieciocho largos años. EL PREMIO Sí, yo había presentado una denuncia por la desaparición de mis hijos (secuestro y sustracción de menores). No, nunca tuve ninguna noticia en todos estos años. No, no me había casado ni tenido más hijos. (¿Para qué?) Si, por supuesto que sí quería dar mi dirección.. ¡Cómo no, si siempre les había estado esperando...! ¡Qué aventura tan maravillosa y divertida es la vida! Ahora ya podía llorar, porque ahora eran lágrimas de dicha, de emoción, de felicidad, de poder compartir la buena noticia con mis amigos y amigas más queridos. Y qué causalidad que aparecieran justo cuando yo había aceptado ayudar a los demás y no antes... justo el día antes… Di aquel primer “cursillo” con mucha ilusión –la carpeta azul con el guión, tan detenidamente preparado, no apareció por ninguna parte, así que tuve que improvisar, lo que he seguido haciendo desde entonces-, y al finalizarlo pude darles la grata noticia a aquellos entrañables amigos, gracias a los cuales mi vida profesional cambiaría más pronto de lo que hubiera imaginado. Mi vida personal iba dar la vuelta completamente.
Al cabo de cierto tiempo recibí otra carta, no menos larga que la anterior. Esta vez era de mi hijo mayor, quien no acababa de dar crédito al hallazgo que su hermano le había comunicado, ya que ambos vivían en Venezuela, pero en ciudades distintas. No sabía por donde empezar, qué decirme. Me contaba “¿sabes mamá?, tengo novia...” ¿Cómo podía tener novia aquel precioso y bonísimo niño de seis añitos, de rizos rubios que yo cortaba mientras se estaba tan quietecito...? ¿Qué había pasado? Simplemente: había pasado el tiempo. Tendría que actualizar mis imágenes internas, pero ¿cómo tender un puente entre mis recuerdos de dos niños y los nuevos rostros adultos de ahora? No conocía a mis hijos porque no les había visto crecer. Si hacía dieciocho años superé su desaparición, ahora tenía que ser capaz de superar su aparición. ¿Cómo serían, qué carácter tendrían? ¿cómo se les habría educado? ¿cuáles serían sus costumbres? ¿acaso fumarían o cosas peores...? ¿qué tendría que hacer yo ahora? ¿cuál sería mi misión? ¿qué pensarían o esperarían de mí? ¿cómo se hacía eso de ser madre de unos chicos mayores? Bien, si había hecho frente a todo lo anterior, esto no iba a ser menos: aceptar en mi ordenada vida en solitario a dos jóvenes desconocidos. Pero eran mis hijos y estaban vivos. Y eso era lo más importante. Por fin llegó el día de conocernos. Y vi aparecer a dos muchachos que, tímidamente, con la cabeza agachada, se acercaban lentamente hacia mí. Corrí hacia ellos, hacia mis hijos y les abracé. Nos abrazamos, reímos, lloramos, nos miramos y remiramos, me cantaron una canción que habían estado ensayando para mí, empezamos a hablar, a reconocer nuestros rasgos, a ver quien se parecía más a quien y a hablar. Sobre todo a hablar. ¡Teníamos tantos años de atraso! Poco a poco me fueron contando todo cuanto recordaban, todo lo que habían vivido desde aquel aciago día, en el que, según recordaba al mayor, lloraban porque los habían metido en un avión y una azafata les daba juguetes, pero ellos no querían ir allí porque tenían miedo y no les gustaba la mujer con la que su padre les llevaba. Y me mostraron las cicatrices que llevaban en diversas partes del cuerpo, producidas por los malos tratos a los que aquella descerebrada mujer les había sometido, entre otras cosas, en los años en que permanecieron con ella, hasta que tuvieron edad de escaparse. Entonces, cada uno se fue a una ciudad para estudiar en una universidad distinta. Siempre habían estado juntos, como uña y carne, el mayor cuidando del pequeño, y éste siguiendo a su hermanito a todas partes. Una vez allá, desde el principio los había mantenido separados para que no pudiesen estar juntos y tramar algo contra ella. A medida que hablaban y hablaban, yo me iba hundiendo en la silla cada vez más. La historia era aterradora. A pesar de todo ello, de los malos tratos, de la carencia de comida y alimento adecuado, del mal ambiente en que habían crecido, ambos se habían hecho a sí mismos. Habían sabido desarrollar todos los recursos necesarios para salir adelante solos. Habían superado todas las pruebas. Eran supervivientes, como yo, su madre. Tanto uno como otro, habían elegido estudiar, trabajando en cualquier cosa para poder sobrevivir y asistir a la universidad. Tuvieron que luchar muy duro para salir adelante solos, sin ayuda de nadie. Nadie les pagó sus estudios ni les dio dinero para nada, tuvieron que trabajar y mantenerse vivos por sí mismos. A pesar de lo cual, y de vivir en condiciones por debajo del índice de pobreza, mi hijo mayor, Gabriel, hizo toda su carrera con menciones honoríficas y con un semestre menos de tiempo, ya que estudiaba en verano asignaturas del curso siguiente, pidiendo libros prestados, mientras vendía perritos calientes y dormía en la playa, entre muchos otros trabajos que tuvo que hacer para salir adelante por sí solo. Fue el número uno de su promoción. Ser el número uno siempre ha sido y sigue siendo su mayor motivación. El menor, Alejandro, estudiaba 3º de Ingeniero Agrónomo y había trabajado pintando, como jardinero, chofer, camarero, cantando y amenizando fiestas con su innata habilidad artística que había desarrollado, y era querido por todos; por dondequiera que hubiese estado había dejado amigos que lloraron cuando se despidió para venir a España. Al poco tiempo tenía aquí tantos amigos como había dejado allí. Estaba orgulloso de todo lo que sabía hacer, de no necesitar a nadie, de valerse por sí mismo, de haber dicho que sí a la vida, de no tener miedo a nada. Ninguno de los dos fumaba, ni bebía, y sabían lo que era pasar hambre. Siempre habían huido del ambiente de drogas que allí reinaba por doquier. Nunca habían perdido el tiempo con el fútbol ni otras tonterías. En su lugar, sabían música, idiomas y se sentían capaces de hacer cualquier cosa en la vida. Habían sabido mantenerse impecables, a pesar de todo lo que habían sufrido y luchado. Y lo mejor de todo: su grandeza y bondad innata, su fortaleza interior, su espíritu. No guardaban rencor en su corazón, sino tan solo una profunda pena, por todo lo que les habían hecho pasar sin necesidad, todo lo que se habían perdido durante su infancia y su juventud y a lo que tenían derecho. ¡Cuanta bondad, comprensión y ternura guardaban en su corazón! La ventaja de haberse educado a sí mismos es que nadie les dijo qué es lo que no podían hacer, luego no tienen limitaciones adquiridas. Si los hubiese educado yo, no lo hubiera hecho tan bien. Si alguna vez soñé cómo podían haber sido mis hijos, me había quedado corta. Eran el mejor regalo que Dios podía haberme hecho. Todo lo pasado anteriormente se compensaba con creces. Si ellos estaban orgullosos de haber encontrado una madre como yo, yo estaba más que satisfecha y orgullosa de haber traído al mundo dos almas puras, perfectas y evolucionadas, como las de mis dos hijos, Gabriel y Alejandro. Mi premio. El Universo siempre tiene para nosotros mejores planes que los nuestros, aunque no lo sepamos entender ni ver porque no los conocemos. A mayor prueba superada, mayor es el premio que se recibe. Porque todo es para nuestro bien último. Corría el año 1993, cuando otro cambio importante se me mostraba en mi camino. Responsable de mis hijos económicamente, y siguiendo mi vida en solitario, inesperadamente, la empresa donde trabajaba desde hacia 20 años (IBM) anunció su probable cierre, lo cual ocurrió a los pocos años. A muchos se nos ofreció la posibilidad de quedarnos o irnos mediante una compensación económica. Yo elegí este camino. Y al poco tiempo, a mis 48 años de edad terrestre, cuando ya existían asociaciones de trabajadores mayores de 45 años sin empleo, yo decidí aceptar el nuevo reto y cambiar de nuevo mi vida: siempre había trabajado para otros; ahora iba a trabajar para mí misma. Dejé la seguridad y un sueldo muy bueno, y me lancé a impartir cursos de crecimiento personal, con gran éxito. Aventura que llevo disfrutando hasta el día de hoy. Mientras tanto, mi hijo mayor, Gabriel, había vuelto a ser el primero de su promoción en un Master del Instituto de Empresa, obteniendo esta vez la calificación Cum Laude. Eligió él la empresa en donde quería trabajar y el propio Instituto de Empresa le ofreció ser Profesor de su acreditado elenco, lo cual rechazó para seguir su carrera. Actualmente es Gerente de una importante multinacional en Inglaterra. Mi hijo menor, Alejandro, es Director de Teatro y Dramaturgia, con gran éxito, habiendo estudiado y trabajado por su cuenta en otras áreas, tales como Speedreading, electrónica, informática, piloto aéreo, y siempre, tanto uno como el otro, desde que llegaron a España y a pesar del paro existente, siempre han encontrado trabajo. ¿por qué será? Simple: eligen creer en sí mismos, por lo cual nada puede hundirles. Si alguna herencia les ha llegado a través de mí, es esa. Por si te es de utilidad, te diré que durante esos dieciocho años, jamás me tomé ni una simple aspirina, ni me dio por beber, ni fumar, ni drogarme, ni quejarme, ni ir de víctima, ni tener las socorridas depresiones, ni nada por el estilo. Ni mis hijos tampoco. Y por cierto, garantizo que ninguno de nosotros nos hemos creado traumas, síndromes o complejos de ningún tipo. Tenemos todas las justificaciones, excusas y pretextos para ello, pero hay quienes eligen usarlas y hay quienes no. A las pruebas me remito, y tanto mis hijos como yo somos ejemplos vivos de todo cuanto explico. Y seguro que hay casos mucho más dramáticos y ejemplarizantes que el nuestro, por supuesto. Como dijo Pericles, “la mayor gloria se gana superando los más grandes peligros.” Quizás esa haya sido nuestra misión. “Grandes maravillas existen, pero ninguna comparada al hombre en sí mismo.” En efecto, nada es superior al Ser Humano, siempre que ese Ser Humano así lo elija creer. Lo demás son paparruchadas, historias de convento más o menos tristes, y ganas de ir sembrando negatividad a diestro y siniestro, cuyo resultado es esta enfermiza, contaminada y absurda sociedad en la que vivimos. Nada cambia más que el cambio, porque es constante, gracias a lo cual seguimos vivos, creciendo, aprendiendo, por lo cual cada día estamos cambiando, siendo diferentes en algo, aunque nuestro ego no quiera admitirlo. No cambiar es sólo prueba de estar muerto, al menos por dentro. Un Ser Humano es siempre superior a cuanto le suceda en la vida. Porque lo importante no es lo que te pasa, sino lo que tú haces con lo que te pasa. Todos los seres conscientes somos las semillas de la Nueva Raza, la raza del Ser Humano fuerte, poderoso, potente, libre e independiente, en incesante búsqueda por recuperar y manifestar su perfección interior, esa perfección innata que, junto con su libre albedrío, configuran su grandeza y su auténtica identidad: la que le ha otorgado Dios por el simple y maravilloso hecho de ser hijo Suyo, haya nacido donde haya nacido. ¡Mantén tu luz siempre viva y huye de aquellos que pretendan apagarla! “-Chiang... –dijo, un poco nervioso. La vieja gaviota le miró tiernamente. -¿Sí, hijo mío? En lugar de perder fuerza con la edad, el Mayor la había aumentado; podía volar más y mejor que cualquiera gaviota de la Bandada, y había aprendido habilidades que las otras sólo empezaban a conocer. -Chiang, este mundo no es el verdadero cielo, ¿verdad? El Mayor sonrió a la luz de la Luna. -Veo que sigues aprendiendo, Juan –dijo. -Bueno, ¿qué pasará ahora? ¿Adónde iremos? ¿Es que no hay un lugar que sea como el cielo? -No, Juan, no hay tal lugar. El cielo no es un lugar, ni un tiempo. El cielo consiste en ser perfecto.” Richard Bach – “Juan Salvador Gaviota” Como dijo Gandhi, “sé tú mismo el CAMBIO que quieras ver en el mundo” ¡Sé el mejor ejemplo de la grandeza divina, comprometiéndote contigo mismo/a a alcanzar tu máximo nivel de excelencia personal y manifestarlo en todos los ámbitos de tu vida! Esa es tu misión, la misión de todo Ser Humano Perfecto y la única forma de retornar al Paraíso que siempre ha estado ahí esperándote: dentro de ti. “No te preocupes si construiste castillos en el aire, Extraído de su libro “Retorno al Paraíso. El Despertar” – 6ª edición.
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