A todos nos produce deleite las escenas mamá-cachorro que a veces nos ofrecen los documentales sobre mamíferos: los pequeños juegan y retozan ajenos a los peligros, mientras la madre les observa alerta, pero paciente y tolerante. Son escenas de familia que no vemos en especies animales más primitivas, cuya conducta es más automática y programada. El salmón pone sus huevos y muere, y sin embargo sus descendientes saben qué océanos atravesar y a qué río volver para cumplir su destino. El instinto les guía, pero no hay más inteligencia que desarrollar. La necesidad de jugar de los jóvenes de una especie está relacionada con su inteligencia. Los mamíferos son los animales más evolucionados y aunque su conducta es instintiva, parte de sus aptitudes de supervivencia y socialización se adquieren después de nacer, en el seno de la relación con su madre y con el grupo, y mediante el juego. Por eso los cachorros de las especies mamíferas juegan mucho. Cuanto más evolucionada es la especie, más juegan los cachorros. Llegamos a la especie más inteligente, la humana. El grado de desarrollo cerebral con el que nace el bebé es escaso, sólo el 25%. El resto se desarrolla después de nacer -de no ser así el nacimiento sería inviable por el tamaño de la cabeza-. Ser inteligentes nos convierte en la criatura que más tarde adquiere autonomía, más dependiente afectivamente durante más años, y la que más tiempo dedica a aprender y adquirir habilidades. Y la mayor parte de las habilidades las adquiere simplemente jugando. Jugar es la tarea más importante que puede realizar un niño pequeño. Por eso un niño sano juega todo el tiempo, si le dejan. Es un impulso que brota de dentro, un mandato biológico, el medio por el que la inteligencia se despliega (y esto incluye la inteligencia emocional), de acuerdo con un calendario interno y dentro de un contexto afectivo y emocional favorable.
Si los primeros años el juego tiene como propósito conseguir "habitar" el propio cuerpo, aprehender el mundo que le rodea y adquirir habilidades físicas y motoras, progresivamente su capacidad en desarrollo le lleva aún más allá, dando lugar a juegos más sofisticados y creativos, en los que el niño no sólo imita sino que crea y reinventa su mundo a partir de sus propios símbolos, integrando en sus juegos toda su historia personal. Es el tiempo del juego libre, sin reglas, que le permiten cultivar cualidades como la creatividad, la imaginación, la iniciativa, la perseverancia y también desarrollar la capacidad para gestionar sus emociones, relacionarse con los otros o algo tan sencillo como aprender a disfrutar de lo que la vida ofrece, simplemente. Si esto es así ¿no nos estaremos equivocando al imponer a los niños programas de estudio y de "ocio" que de hecho reducen al mínimo el tiempo libre para jugar? ¿Estamos seguros de que la forma en que actualmente se crían los niños es la mejor para el desarrollo de sus capacidades, su salud emocional y su felicidad presente y futura? El niño moderno está lejos de poder satisfacer esta necesidad de juego y experimentación. A las largas horas de guardería, o de colegio, a menudo se añaden actividades extraescolares que tienen como objetivo “prepararlo para la vida”. El tiempo libre restante, a menudo, se consume pasivamente al televisor, uno de los más potentes neutralizadores que existen de la exuberancia, el movimiento, la creatividad y el juego infantil. Los juegos electrónicos, por otra parte, se llevan otra buena parte de la energía y el tiempo de los niños. Son juegos que quizá puedan entretenerle, pero en absoluto le brindan la oportunidad de tener experiencias reales, no virtuales. Llegará un momento en la vida de nuestros hijos en los que desearemos vehementemente que sean capaces de decir “no” a lo que no les conviene. Y el momento llegará más pronto que tarde. Comencemos por casa entonces, y ejerzamos el derecho y la obligación de filtrar todo lo que llega a la vida de nuestros hijos. Protejámosles de lo que no les conviene. Démosles, simplemente, la posibilidad de vivir intensamente su infancia. No tendrán otra oportunidad.
Directora de Proyecto Terra Mater
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