Todos conocemos espacios en los que nos sentimos especialmente a gusto. Lugares en los que nos sentimos más cómodos, relajados y a la vez más vitales. Esto sucede con mayor facilidad cuando estamos en contacto con la naturaleza que es nuestro hábitat natural. Cuando nos tumbamos sobre el verde y mullido césped, cuando caminamos por la orilla de la playa sintiendo la cálida y suave arena bajo nuestros pies, o bien cuando paseamos por el campo entre la verde vegetación, recuperamos parte del equilibrio que la vida en la ciudad o el ajetreo cotidiano nos quita.
El ser humano, desde siempre, ha buscado acercar la naturaleza a su hábitat, intentando reflejar ese entorno que nos es más favorable en esas viviendas cada vez más artificiales en las vivimos. Es un hecho que no nos sentimos cómodos en esos nuevos edificios llamados “inteligentes” en los que es imposible abrir una ventana para que entre el aire, con decoraciones en las que prima el metal, exceso de cristal y muebles de materiales artificiales que, aunque cuenten con un diseño original y llamativo, son realmente inhumanos y nada acogedores. Gracias a la elevada contaminación electromagnética que se concentra en esos edificios, al igual que en grandes almacenes y otras edificaciones similares -con luz artificial constante, aire acondicionado siempre encendido, etc.,- cada vez son más las personas que no sólo se sienten cansadas o mareadas en este tipo de espacios como nos sucede a la mayoría, sino que se vuelven sensibles a la contaminación electromagnética y no pueden entrar en ellos sin sentirse realmente enfermos. Esto es parte del síndrome conocido como “edificios enfermos” o mejor aún: “edificios que nos enferman”. En estos difíciles tiempos en los que tantas y distintas radiaciones nos afectan y en los que el tipo de vida es cada vez menos natural en todos los aspectos (materiales tóxicos, alimentación, estrés), con las consecuencias que ello conlleva para nuestra salud y bienestar, tanto físico como mental y espiritual, muchos de nosotros estamos buscando soluciones para paliar estos efectos, recuperando antiguas tradiciones que nos ayudan a retornar a esa vida más humana que tanto necesitamos. Entre ellas, nos llega de Oriente el feng shui, que en los últimos años ha venido siendo una de las que mayor repercusión ha tenido en Occidente, quizá por ser la tradición que mejor se ha mantenido a lo largo del tiempo ya que en Oriente no ha dejado de practicarse y actualizarse. El feng shui es el arte chino de la ubicación, trata de armonizar las dos grandes fuerzas energéticas: las de la Tierra (aire, agua, magnetismo terrestre, etc.) y las del Cielo (astros), con las de la persona y el lugar. Feng shui, traducido como “viento y agua”, se refiere a la energía invisible (simbolizada por el aire), y la visible (simbolizada por el agua). Ambas son imprescindibles para la vida. Partiendo de la observación y del profundo respeto hacia la naturaleza, los antiguos eruditos chinos descubrieron que el hombre y la naturaleza estaban relacionados. La naturaleza reaccionaba ante cualquier cambio producido por el hombre, y el hombre se veía influenciado por los cambios en el entorno. Esta misma creencia ha sido compartida por múltiples culturas en distintos puntos del planeta desde tiempos remotos. Pero el feng shui ha llegado hasta nuestros días adaptado por los maestros y practicantes de este arte, como antes comentábamos, brindándonos así la oportunidad de mejorar nuestro mundo. El feng shui nos enseña que todo está vivo (incluso los objetos están formados por frecuencias vibratorias), todo está relacionado y todo cambia. A partir de estos principios, y del estudio de los distintos movimientos de energía (conocidos como cinco elementos: fuego, agua, madera, tierra y metal), el feng shui nos presenta opciones para armonizar el entorno y así mejorar nuestra vida. Este milenario arte está de acuerdo con las actuales tendencias ecológicas para potenciar el regreso a un hogar más sano y natural, ya que la armonía se encuentra volviendo nuestro entorno lo más similar y acorde a la naturaleza, no sólo el entorno más inmediato, sino también cuidando todo aquello que repercuta a nuestro entorno colectivo: el planeta Tierra. Todo está conectado, y si el chi o energía vital del planeta está enfermo, difícilmente, a un nivel menor, nuestro espacio va a estar sano. El feng shui, pese a que en ocasiones se presente una imagen de él cercana a la superchería, es muy lógico y pragmático, ya que nace de la observación de causa y efecto, y de cómo influye el entorno en el ser humano y al contrario.
Con el feng shui buscamos en todo momento el correcto flujo de la energía en el lugar, y por supuesto en las personas que lo habitan. A un nivel de práctica más profundo, es una forma de vida que incluye una alimentación sana, para muchos maestros basada en la cocina macrobiótica, para otros o, al mismo tiempo, en el vegetarianismo, el consumo de alimentos de origen ecológico (tanto por su beneficioso efecto en nuestro organismo como por dañar y empobrecer mucho menos la tierra que los cultivos habituales). Otro de los aspectos es el cuidado de nuestro espíritu, ya que, repetimos, en feng shui todo está relacionado, tal como dice la máxima extraída del taoísmo, del que procede el I Chin o Libro de las mutaciones y en el que se basa fundamentalmente el origen del feng shui, aunque en este artículo no vamos a profundizar en ello. Por este carácter global del feng shui, veremos que las prácticas como la meditación, trabajar la respiración, también son habituales en sus practicantes y recomendadas a menudo a aquellos que buscan su consejo, para corregir por estos medios distintos desequilibrios y armonizar al individuo. En el hogar, una de las cosas que priorizamos es la calidad de energía. Por un lado la energía del propio lugar (si es muy activa y lenta, en función de distintos factores como la luz natural de que goce, su exceso o defecto, etc.), y otros factores naturales que le puedan afectar (como las radiaciones telúricas), o bien las radiaciones artificiales, como las de antenas de telefonía o las líneas o los transformadores eléctricos y, por supuesto, si hay un exceso de contaminación electromagnética generada en la propia vivienda. De poco nos servirá una decoración armoniosa o determinadas medidas feng shui si estamos siendo irradiados por radiaciones nocivas para nuestra salud. Una vez analizado este importante factor, observaremos la energía de sus habitantes y sus objetivos o necesidades, y en función de todos estos factores intentaremos crear un equilibrio en el hogar que potencie determinados aspectos que necesiten esas personas en cuestión. Por ejemplo, aumentar su nivel de vitalidad o por el contrario ayudarle a serenarse e ir más despacio; crear un entorno que potencie una mejoría en sus relaciones personales; o bien una mayor prosperidad en sus negocios, entre otras posibles opciones. Puesto que el objetivo principal en feng shui como ya sabemos es armonizar los lugares mediante el correcto flujo del chi, la energía esencial del universo, para ello trabaja el equilibrio del yin y el yang, las dos grandes fuerzas opuestas y complementarias que producen el cambio y dan vida a todo lo que existe. Cada una de estas fuerzas posee una cualidad esencial. Yin: lo femenino, la oscuridad, el frío, la noche. Yang: lo masculino, la actividad, el espíritu, la expansión.
Como todo está vivo y todo está conectado, cada cosa tiene su propia energía, incluso las piedras y los muebles, todo tiene su propio chi. Y a un nivel más global, todo forma parte de una energía mayor, el chi del planeta. Por lo que nos encontramos en un momento decisivo para conectarnos con un sistema de vida más natural, con una mayor conexión con nuestra propia energía y la de nuestro entorno y un mayor respeto y cuidado hacia la naturaleza. Para realizar curas feng shui en nuestro espacio, no necesitamos comprar cosas caras. La mayoría de los remedios podemos hacerlos con objetos sencillos y baratos y que, en muchas ocasiones, podemos obtener de la naturaleza, como las piedras, los cristales naturales, una escultura que puede hacer cualquier miembro de la familia -en barro o cerámica, por ejemplo-, un cuadro que puedes pintar tú mismo, hierbas de la montaña que puedes dejar secar; plantas o flores naturales, etc. En feng shui intentamos crear la armonía mediante el equilibrio de ambas cualidades. Por ejemplo, una estancia orientada al sur con grandes ventanales (mucha energía yang), requerirá más energía yin, por ejemplo, poner unas tupidas cortinas, unos cojines en azul o púrpura, unos toldos que generen sombra, etc. Una habitación muy yin, necesitará energía yang, por ejemplo, se puede añadir más iluminación, los colores rojos y naranjas en objetos decorativos como cortinas o mobiliario, o bien en las paredes. En un trabajo de armonización es importante que haya una presencia suficiente de todos los elementos, pero no debe haber exceso de ninguno de ellos, pues en vez de controlar y compensar un elemento la energía de otro, corremos el peligro de que lo extinga. Por ejemplo, una presencia de agua insuficiente puede permitir que el fuego se extienda demasiado quemando todo a su alrededor, pero si el agua es excesiva lo apagaría totalmente, por lo que también crearía un desequilibrio. Características generales a aplicar acordes con el feng shui y para un hogar sano y natural coincidentes con otras corrientes de pensamiento ecológico:
Como vemos, el feng shui es algo muy lógico y cercano a nosotros, si pensamos qué es lo más sano y adecuado para nosotros y nuestro hogar, dejándonos llevar por nuestro sabio instinto, estaremos practicando feng shui, y probablemente acertemos en las decisiones que tomemos para lograrlo. Lola Simón |