El signo más evidente de que se ha encontrado la verdad es la paz interior. Amado Nervo El concepto de ecología mental se refiere a una actitud más que a una meta. Una actitud de responsabilidad mental, disposición y voluntad, claramente enfocada hacia una mente limpia y pacífica. Una actitud se elige y después se practica hasta que se establece como tu natural modo de estar sin necesidad de vigilancia. Entonces se ha convertido en una nueva forma de vida. El árbol de la conciencia Hay quien piensa que se puede creer o no creer en algún asunto, sin llegar a darse cuenta de que creas o no creas en el asunto en cuestión, de cualquier modo manejas creencias. La creencia es un requisito para vivir en este mundo. La mayor parte de tus creencias son subconscientes, no te das cuenta de ellas, pero monopolizan todos los sentimientos y emociones que tejen tu experiencia vital. Podemos contemplar el conjunto de creencias subconscientes como las ramas de un árbol. De unas pocas creencias profundas y fundamentales surgen otras creencias más concretas, establecidas para cada cosa que cruza por delante de tus ojos y por dentro de tu mente. Sin darte cuenta, las creencias subconscientes tiñen aquello que percibes fuera o aquello que piensas con algún tipo de sentimiento. Por lo tanto, tus creencias son las que modelan tu modo de sentir la vida. En el fondo de tu mente reside un modelo de pensamiento, un sistema completo de creencias fundamentales al que llamamos paradigma personal y que rige completamente tu manera de ver el mundo. Lo llamamos personal porque es distinto en cada persona. Por ello podemos decir que lo que realmente nos hace distintos es nuestro propio punto de vista del mundo, basado en ese árbol de creencias enraizado en lo profundo de tu mente. Cada ser humano es un punto de vista. Tu paradigma personal se constata fácilmente por todas las creencias de las que eres consciente y que te hacen distinto a los demás, pero además está constituido por todas las creencias subconscientes que ignoras tener y que sin embargo crean tu realidad, tu modo de sentir lo que vives y tu modo automático de pensar, incluso lo que te sucede cada día, aunque aparente ser casual. Todas las decisiones que tomas están en relación a tus creencias. Puedes creer que tienes obligaciones, responsabilidades, que es lo mejor hacer esto o hacer lo otro, que debes forjarte una reputación, que lo importante es el beneficio, que tus creencias son la verdad, etc. Tus decisiones surgen de tu árbol de creencias. Tus acciones surgen de decisiones que a su vez, surgen de creencias, conscientes o no. Tus reacciones [acciones automáticas, reflejos, emociones, sentimientos] han surgido directamente de creencias subconscientemente arraigadas.
Por tanto, si deseamos afinar nuestro conocimiento de la verdad, es preciso que nuestro viaje de la conciencia se dirija hacia el nivel de las causas, más allá de las decisiones, acciones o reacciones, con la mira puesta en las creencias e incluso más allá de ellas, investigando el sistema de pensamiento que nos rige. En el fondo de todo estaría nuestro auténtico y profundo sentido de identidad en donde se asienta todo. Lo que crees ser es la causa de todo lo que vives. Yo creo Estás creyendo un modelo de realidad y por tanto creando un modo de sentir, una actitud que forja el verdadero fondo de tu experiencia personal más allá de los sucesos que aparentan provenir de causas externas. Puedes decir “no creo en dios” y por ello pensar que crees en menos cosas o que tienes una mente más libre. Sin embargo, lo único que pasa es que tu programa mental se basa en creencias distintas, como por ejemplo que la realidad última es puramente sensorial, o puede ser que tu fe esté depositada en el caos y la casualidad, o más sencillo, puede ser que vivas muy adaptado a un sistema de creencias surgido de un profundo rechazo a los dogmas que se te impusieron en su momento y que te hicieron sufrir. En ellos un dios absurdo te manipulaba y hacía sentir culpable. Pero sencillamente, al decir que no crees en ello, estás declarando unas creencias mediante la negación de otras creencias. El ateo cree, pero lo que cree es que no existe dios. Forja creencias distintas, pero creencias al fin y al cabo. Aquello que crees es aquello que haces real en tu vida. En español decimos “yo creo” valiéndonos la misma expresión tanto para el verbo creer como para el verbo crear. No es casualidad. Todos creemos en un sistema, mentalidad o paradigma con el cual creamos la experiencia personal del mundo. Esta experiencia personal del mundo influye a tu alrededor de un modo perceptible y claro al estar en relación con otras personas, pero además influye definitivamente en la experiencia colectiva, ya que todas las mentes están en realidad conectadas a nivel subconsciente. El mundo se muestra controvertido, fragmentado y diverso en creencias, teorías y experiencias no porque la Realidad sea así, sino porque la mente crea así el mundo desde su propia fragmentación interna. Este es el punto de vista de aquello que llamamos “nuevo paradigma” y que hace corresponder las conclusiones de la física cuántica con las antiguas sabidurías de oriente y occidente. Todo está en la conciencia. Todo está dentro, aunque parezca estar fuera. Bajo este punto de vista toma una especial relevancia el concepto de ecología mental, ya que nuestra manera de percibir el mundo influye en la percepción colectiva gracias a la conexión subconsciente que existe entre todas las mentes. Cuando tú despiertas a una verdad superior haces una aportación a la mente colectiva, eres una luz para el mundo. Lo más habitual es elegir aquello que verifica nuestras creencias actuales. Es decir, tenemos la costumbre de elegir que es verdad lo que siempre lo ha sido para nosotros, ya que parece existir una arraigada y antigua inercia cuyo objetivo es evitar el cambio en la manera de pensar. Esta inercia que impide la expansión del yo, en este contexto lo llamaremos programa ego, y por cierto, no favorece a la ecología mental, sino que apoya el paradigma de las mentes separadas. La disposición al cambio debe de ser estimulada desde la propia voluntad, y por tanto, como una actitud libre y elegida, establece los principios de la ecología mental. Cuando existe cierta disponibilidad al cambio, puede ser que una nueva concepción rompa con nuestras creencias estables e irrumpa en nuestra experiencia con un verdadero sentimiento de verdad. Este sorprendente sentir de evidencia llega de la mano de una intuición insondable e inexplicable, una experiencia espontánea de comprensión que procede de nuestra inteligencia profunda y que nos induce a un cambio de perspectiva. Ha sucedido un pequeño despertar. Los humanos, independientemente del nivel de conciencia en el que funcionemos, de cualquier modo somos buscadores de experiencias. Si todavía no existe una verdadera disponibilidad al cambio profundo, buscaremos experiencias explosivas, emocionales y con grandes contrastes. Cuando existe disponibilidad al cambio, entonces buscamos la experiencia que nos haga patente la verdad. Buscadores de experiencias Cuando defendemos la inercia interna de nuestra personalidad o personaje, es decir, cuando aún no estamos dispuestos a cambiar nuestros guiones internos y programas que definen nuestra forma de ser, nuestras creencias internas y nuestra “realidad”, aún así de cualquier modo, buscamos experiencias. Por ello muchas personas están saltando constantemente de estados de excitación a estados de desidia e insatisfacción. Los buenos momentos, para muchos seres humanos, consisten en la primera fase de una relación de pareja, un trabajo, la maternidad o cualquier situación que constituya una experiencia emocional aparentemente nueva. En otras ocasiones, las experiencias placenteras han de salirse de lo normal y hacernos sentir mucho de algo, como puede ser un deporte extremo o de riesgo. Para muchas personas las satisfacciones de la vida se resumen en sexo, comida, drogas y otras evasiones en diferido [cine, tv] así como esporádicas expresiones instintivas de seguridad y poder sobre otras personas que nos hacen sentir bien. Se alcanzan algunas veces proezas de sensibilidad altamente cotizadas como el arte o los viajes. Alguna experiencia interna inexplicable, como una isla entre el océano de normalidad, algún extraño y aislado encuentro íntimo, sereno, agradable y profundo nos recuerda tímidamente que debe de haber mucho más, y nos lo estamos perdiendo entre mareas de conflicto y seguridad. Pero rápidamente es barrido este lapso, atropellado por un tren de vida que no va a ninguna parte. Si las estructuras internas de creencias no evolucionan, si el tronco del árbol no es alcanzado con la conciencia, las experiencias tan solo se reducen a olas emocionales, ciclos rítmicos de cambios formales externos que catalogamos entre buenos y malos ratos, de nuevo según nuestras creencias. El mundo dual demuestra su estructura cíclica de procesos estables siempre que el punto de conciencia u observador no haga un verdadero cambio de postura mental, perspectiva o percepción. Así que nos encontramos con un círculo vicioso. Si entendemos la fe como la apertura mental suficiente para aceptar posibilidades que desborden mi concepto actual de lo posible -o realidad actual-, solo mediante ella es posible experimentar un verdadero cambio. Sin este “grano de mostaza”1 , tan solo elegimos una y otra vez las experiencias que confirman lo que siempre hemos creído. Una y otra vez. Recreando constantemente más de lo mismo. Pero el grano de mostaza es real, auténtico y está disponible dentro de nosotros. Nos invita a desafiar todo lo que hemos experimentado afuera y navegar en los mares de nuestra intuición. "Sólo si estás dispuesto a considerar lo imposible, estás dispuesto a descubrir algo nuevo." Las experiencias internas, aunque sean sutiles, producen un salto de conciencia de la fe a la certeza, cambios profundos que alcanzan al nivel de la identidad. Es nuestro estado mental el que abre las puertas a la posibilidad de tener experiencias reveladoras y por tanto una transformación sustancial. No se trata de saber “la verdad” en un sentido intelectual, sino de sentir plenamente la verdad para llegar a ser la verdad. La creencia y la fe –seamos conscientes o no de que estamos invirtiendo en ellas- son el motor de nuestra experiencia vital, producen deseo, voluntad y sentido en nuestras vidas, elaboran a largo plazo lo perceptible y nos muestran lo que creemos ser. Exploradores de la conciencia Las personas que eligen buscar la verdad en las profundidades de su identidad se convierten en exploradores de la conciencia y por tanto retan constantemente a su propio modelo del mundo. Son un tipo especial de buscadores de experiencias que desafían a la inercia que pretende reproducir una y otra vez los mismos guiones, primero en el interior [creencias, propósito, temores, culpas, etc.] y después consecuentemente en la experiencia física y emocional. Los exploradores nunca dan por sentada una conclusión. Cada vivencia les confirma que todo lo que experimentan depende de su propio sistema de creencias y de sus propias limitaciones, lo cual favorece nuevas tomas de conciencia sobre creencias y modelos persistentes que solo partiendo de su observación pueden ser desmontados. El punto de conciencia que somos cada uno de nosotros nunca deja de crecer y de abarcar una verdad cada vez menos limitada, y del mismo modo, nuestra verdadera identidad ilimitada cada vez se hace más consciente según vamos soltando todas nuestras creencias limitadoras. Si deseo ser un buscador de la verdad, desearé que la verdad ocurra en mí mismo, que la verdad sea yo mismo, no solo como un alarde intelectual, sino como una experiencia. El objetivo es una experiencia. Porque los humanos, a cualquier nivel, somos buscadores de experiencia. Y hasta que no hay experiencia, sentimiento o vivencia, no hay transformación y nada sucede. Cuando tienes una experiencia, ya no te hace falta la fe ni la intuición. Lo que experimentas se convierte en tu realidad… hasta tu próximo salto de conciencia. Los exploradores de la conciencia son conocedores de su parte en todo este juego. Por eso, una vez que han abandonado su búsqueda de un propósito y un significado dentro de este mundo –el juego o mundo de las formas-, lo eligen fuera de él. Fuera del mundo que ven tus ojos, sienten tus manos y oyen tus oídos. Comienzan a mirar adentro, a lo inexplicable e imperceptible. Buscan la experiencia que trascienda todo problema y toda solución. Se pueden definir tres etapas en el camino de la ecología mental: Experimentar, integrar y compartir. No son etapas cerradas, sino abiertas en el sentido de que cuando empieza la siguiente, la anterior no cesa, sino que continúa paralelamente a la siguiente. Experimentas también después de comenzar un verdadero y sustancial proceso de integración. Y sigues integrando y experimentando mientras auténticamente compartes lo experimentado e integrado. El primer paso: Experimentar Primero, experimentar lo que sea que venga desde la total calidad perceptiva, como un perfecto testigo de la experiencia, penetrando en ella y ocupando con tu presencia todo el espacio del momento hasta que no haya sitio para más preguntas al aire. Buscarás la verdad. Sentirás todo lo sentible como quien se arroja a una piscina. Te darás al momento. Te zambullirás intensamente en la experiencia. Esto no implica que debas ser un “Indiana Jones”, ni la alegría de la fiesta o el centro de todas las reuniones. Es algo independiente de lo que desde fuera se pueda evaluar. Es una actitud interior. Me refiero al sentir pleno, atento e interesado, a la actitud abierta y presente en cada experiencia, a convertirte en este momento, ser tú mismo la experiencia, un yo experiencia2 en lugar de ese “yo predefinido y estable” al que llamamos persona, y que se basa en una idea que tengo sobre mí. Yo soy este momento Es habitual que la mente necesite cierto entrenamiento meditativo para poder reproducir este estado de experiencia como una actitud habitual. De hecho, lo más difícil para muchas personas es comenzar este entrenamiento en la experiencia sencilla de estar en todo lo que ocurre en cada instante, de ser uno mismo con el acontecimiento en la permanente entrega a la experiencia interna, la atenta escucha al sentir y al conocer. Es tan humilde y desposeída de esfuerzo esta primera actitud, que para muchos se vuelve un “imposible”. Esto tan solo significa que ese punto de conciencia no ha elegido ser aún un explorador de la conciencia porque está defendiendo una colección de resistencias, miedos ocultos a vivirse auténticamente. Normalmente, las personas que se muestran incapaces de experimentar desde la presencia y la apertura total, están demasiado entretejidos en sus propios guiones de dolor como para comenzar siquiera a intentar verlos, están identificados con su dolor. La experimentación es el principio. Tomar datos apropiadamente implica experimentar, explorar, conocer, jugar, sentir. Consiste en vivir ahora todo lo que pasa en ti con alta definición, sin permitir que las barreras del pasado y el temor limiten tu experiencia. Experimentar – explorar – conocer – jugar – sentir Se trata de toda una decisión: “desear ver bien”, es decir, elegir conocer la verdad tal y como es, y por tanto confiar como requisito imprescindible. Por supuesto, tomas la responsabilidad de que tu cuerpo es vulnerable, lo cual implica cuidarlo y respetar sus condiciones en la medida que temporalmente tiene una importante función: un medio para compartir. Pero confías en la vida. Elijo ver la verdad y confío en la vida. La confianza en la vida implica que el mismo hecho de haber elegido la verdad como meta te protege, en la medida en que la verdad no puede ser más que tu liberación, y por tanto tu alegría de ser. A la vez, eres responsable de tu elección al ser plenamente libre y consciente. La actitud predominante de la experiencia es atención, presencia y aceptación. Jorge Lomar
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