
¡NO TE PLANTEES (SÓLO) OBJETIVOS!
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Para el que no sabe hacia dónde navega, ningún viento le favorece [Séneca]
Llevo encima las heridas de todas las batallas que he evitado. [Fernando Pessoa].
Hasta hace algún tiempo creía profundamente en la importancia de plantearse objetivos cada año y de revisarlos cada cierto tiempo. Hoy sigo creyendo en esto, pero con algunos matices:
En el primer capítulo de Vivir sin jefe sugiero al lector que se formule tres preguntas, si es que aún desconoce cuál es su vocación en la vida: ¿Cómo sería tu día ideal? ¿Qué harías si tuvieras todo el dinero del mundo para ti y para tus seres queridos? y ¿A qué te dedicarías si supieras con total seguridad que vas a tener éxito?
El objetivo de estas preguntas es invitar a la persona a que se acerque a aquello que le llena, en definitiva, a descubrir cuál es su misión en la vida.
Cada vez creo más que no es tan importante plantearse objetivos como descubrir la misión de vida de cada uno, sea esto lo que sea. Una misión de vida es mucho más que unos objetivos: es un sentido, una dirección, un norte, una pasión… que en último término deberá plasmarse, por supuesto, en unos objetivos. Pero unos objetivos sin misión, sin sentido de vida pueden ser, y en ocasiones no son más que esto, una excelente distracción. Una zanahoria para mantener en funcionamiento un burro que no para de dar vueltas sobre si mismo.

Plantearse objetivos es imprescindible para tener un rumbo en la vida, para saber a dónde nos dirigimos, para obligarnos a dotar de un sentido a nuestra vida. Me cuesta comprender cómo aún puede haber personas que no hacen un ejercicio de reflexión como mínimo una vez al año sobre lo que están haciendo en la vida y sobre si son felices y se encuentran satisfechos con lo que están haciendo y con la forma en la que están viviendo su vida.
Una de las mejores maneras que conozco de avanzar en la vida es hacerse las preguntas adecuadas; una buena pregunta precede a una respuesta jugosa como la noche lo hace al día. En este sentido, hay al menos una pregunta que respondida con sinceridad suele ofrecer respuestas fructíferas: ¿Si te quedara un año de vida cambiarías sustancialmente tu vida? Si la respuesta es sí, créeme que tienes un problema y que ha llegado el momento de plantearse no sólo los objetivos sino también el sentido de tu vida.
Ningún carretera es buena para el que no sabe a dónde se dirige y este es otro de los motivos por los que disponer de un rumbo nos hace la vida más fácil.
Si eres de los que no dejas escritos con precisión cada año tus objetivos puede que haya dos razones.
La primera es que quizá te sientas desempoderado. Es posible que sientas que te encuentras demasiado lejos del lugar en el que te gustaría estar. Es posible que lleves razón pero no deberías despreciar el poder que tienen los pequeños actos y las pequeñas acciones en el largo plazo. Una larga caminata empieza por un primer paso. Lo importante no es tanto si te encuentras cerca o lejos sino si estás en el camino. Eso es lo que al final de cada día marca toda la diferencia. Y recuerda que para lograr grandes victorias es preciso previamente haber conseguido las pequeñas. Empieza por pequeños objetivos y deja que los grandes se presenten en tu camino poco a poco.
El otro motivo podría ser que no sepas cómo hacerlo. Prueba a seguir estas recomendaciones. Consigue que los objetivos sean de una frase o poco más. Intenta que sean específicos, es decir concretos. Tienen que ser medibles, es decir, al final del periodo para el que estén definidos tienes que ser capaz de evaluar si los has logrado o no. Tienen que ser alcanzables, si te planteas algo demasiado lejano te encontrarás sin fuerza para ponerte a trabajar. Pero sin embargo tienen que ser retadores, si son demasiado fáciles, no te estimulará ponerte manos a la obra. Por último tienen que estar acotados en el tiempo.
Algo que te vendrá bien es hacerlo con todos los ámbitos de la vida, y no sólo lo profesional. En este sentido, algunas personas se sienten confundidas y no saben cómo convertir en un objetivo el hecho de querer vivir más sanamente, por ejemplo. La respuesta es fácil: convierte en algo medible aquello en lo que quieres mejorar: Una vida sana puede ser comer frutas y verduras cinco veces al día y hacer deporte cinco veces por semana un mínimo de media hora, por ejemplo.
La felicidad es el resultado de una actitud, la consecuencia de algo que construimos día a día. No puedes esperar que te llegue si no estás haciendo nada por ello y no se me ocurre mejor comienzo que plantearte tu misión y tus objetivos.
Y por último y para acabar, comparto contigo una práctica que sigo cuando me planteo objetivos, que es preguntarme: ¿Cómo cambiará esto el mundo? y ¿Cómo ayudaré con esto a otras personas? ¿Cómo me hará esto feliz a mi y a los que me rodean? Si no te ofrece una respuesta potente, para mi es momento de revisar ese objetivo.
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