MONT SANT MICHEL: El monte tumba
Por Miguel G.Aracil

A caballo entre Normandía y Bretaña, y sobre un soberbio y recio islote, se levanta Mont Sant Michel, un lugar que parece salido de una novela de ciencia ficción. Los romanos conocían el lugar como Puerto de Hércules, y antes que estos, los celtas lo denominaban el “Monte Tumba”.
Su situación geográfica, ya nos indica que estamos ante un lugar “especial”. En medio de una bahía de 40.000 hectáreas, se levantan fantasmagóricos los islotes de Sant Michel y Tombelaine, ambos frente a la desembocadura de los ríos Sée, Couesnon y Sélune. En esta inmensa y misteriosa bahía, se producen diariamente las mareas más inmensas de todo el continente europeo, ya que en muchas ocasiones, el mar se retira incluso algo más de 20 kilómetros, dejando a la vista de todos, su fondo formado por fina arena calcárea entremezclada con barro sedimental y muy escasas y paupérimas rocas.
Mont San Michel, tiene una elevación aproximada de 75 metros,y un perímetro que no excede un kilómetro.
Su imagen entre la niebla, nos hace volar la imaginación a arcanos y perdidos tiempos en que malvados dragones y valerosos caballeros combatían en épica justa por el amor de una bella princesa. Pero Mont Sant Michel no es un simple y fantástico viaje onírico, es una realidad tangible, y que durante siglos fue considerado lugar de peregrinación para cientos de miles de devotos, que veían en este islote, el tercer lugar sagrado más importante del cristianismo en Europa, solo aventajado por Santiago de Compostela y la mismísima Roma, lo que algunos medievalistas, entre ellos el especialista en peregrinaciones Luis Bonilla o el catedrático Salvador Martínez, denominaron los “tres faros europeos de la cristiandad”.

Parece seguro que en tiempos neolíticos, en el islote, y más concretamente en su parte más elevada, existió un gran megalito, con toda probabilidad un inmenso dolmen,con su correspondiente cromlech, muy abundantes en la todo el país bretón. Siglos depués, los siempre misteriosos celtas, ubicaron en aquella inmensa roca uno de sus cementerios, y lo denominaron “Monte Tumba” aunque algunos estudiosos han creido que el verdadero significado sería “Monte del Túmulo”, haciendo referencia al gran megalito allí existente.
Sobre finales del siglo V, se refugian en el islote algunos ermitaños cristianos, que buscaron en aquella soledad, la paz espiritual que emana del lugar, y que predispone a la meditación y la búsqueda interior.
Es en el siglo VI, cuando se erigen los dos primeros santuarios cristianos,dedicados a los mártines San Esteban y San Sinforino.
Aquellos edificios,posiblemente de estilo merovingio, muy primitivos en cuanto a su arquitectura, serían los lugares de culto durante más de dos siglos. Hemos de esperar hasta el siglo VIII, a que San Auberto, por aquel entonces obispo de Avranches, recibiera en sueños la visita del arcangel San Miguel, que según el manuscrito del siglo X conocido como Revelatio ecclesiae sancti Michelis, se le apareció una noche, rodeado de una gran luz y algunos truenos y le ordenó al obispo, que construyera un templo de considerables dimensiones en aquel islote.
De todos modos, Auberto, no quiso aceptar como real el sueño, y lo olvidó durante un tiempo, pero el persistente arcángel, volvió a ponerse en contacto onírico con el escéptico obispo. De igual manera, Auberto ignoró de nuevo el mandato y poco después, en una fría y tormentosa noche de invierno, San Miguel volvió a aparecerse, pero en esta ocasión, con métodos más convincentes,incluso violentos, pues cuenta la tradición, que en su repetida exigencia, llegó a perforar el cráneo del pobre obispo con uno de sus dedos.
Atemorizado y ya convencido, Auberto decidió ordenar la construcción de un templo, y como respeto y obediencia al arcángel, decidió que tuviera una forma parecida a la del monte Gargano ( Italia) donde dice la tradición, que en el año 492, el mismo San Miguel se había aparecido a unos ermitaños que allí habitaban en una cueva, en medio de rayos, truenos y extrañas luces.

Auberto mandó buscar alguna cueva en el islote, pero no pudieron encontrar ninguna,aunque posiblemente existía una, y por dicha razón, mandó construir una edificación que recordara una oquedad natural.
Aquel templo se convierte inmediatamente en lugar de peregrinaje para los habitantes del norte de Francia, y zonas cercanas, y en pocos años, se pierde el nombre de Monte Tumba, para ser conocido como Mont-Saint-Michel-au-Péril-de-la-Mer que este es el verdadero nombre que tiene el histórico islote.
No es casualidad, que un lugar telúrico como esta gran roca, se ponga bajo la protección de San Miguel, máximo exponente del guerrero del Bien ( en este caso el cristianismo) que lucha y vence a las fuerzas del Mal, representada en muchas ocasiones por un dragón o la gran serpiente ( antiguas religiones paganas).
A principios del siglo IX, solo habitaban de forma regular en el islote, una cincuentena escasa de monjes, y no será hasta finales del siglo XI, cuando se construya la primera abadía románica, implantada en los más alto de la cima del monte.
Es tradición, que en el subsuelo de esta primera abadía románica, se encontraba el primigénio megalito erigido en tiempos prehistóricos y que más tarde sería santuario para los celtas.
Los monjes, ante la verdadera oleada de peregrinos que acudían al lugar, construyeron varios albergues para ellos, pero los disturbios que sucedieron en el siglo XIII, en que bretones, normandos, franceses e ingleses guerrearon entre sí, acabó destruyendo aquellas edificaciones.
La espiritualidad vuelve al lugar durante bastantes décadas, hasta que en el año 1421, los ingleses, en plena Guerra de los Cien Años, ocupan el vecino islote de Tombelaine y asedian cosntantemente el lugar, ya fortificado desde hacía casi dos siglos. El valor de sus defensores y las características del enclave, hacen que sea inexpugnable, y ni la arcaica artillería inglesa, ni sus furibundos y constantes ataques por tierra, logran conquistarlo.
Curiosamente, podemos observar la gran armonía que los diferentes arquitectos que durante siglos erigieron sus edificios en la pequeña ínsula,supieron guardar, como si aquella construcción fuera una obra “sagrada” con vida propia, y así el románico se conjunta por el carolingio, y el primero a su vez, es respetado por las obras gótico-flamígeras.
Tras la Guerra de los Cien años, la iglesia gala se ve atacada por la insaciable voracidad de sus obispos, que se niegan a dar dineros para la reconstrucción de las antiguas abadías, lo que supone una verdadera ruina para la esplendorosa isla.
En 1622, la misteriosa y heterodoxa congregación de San Mauro que intentó en pleno bárroco recuperar el afan espiritual del primitivo cristianismo, emprende una verdadera reconstrucción del enclave, que vuelve a ser lugar de peregrinaje y cientos de personas lo visitan anualmente para arrodillarse ante su templo.Es en aquellas décadas que se cree que una buena parte de los movimientos esotéricos que se extendían por el norte de Francia, encuentran en Sant Michel un refugio donde continuar con los últimos coletazos de la alquimia, y los avances científicos e intelectuales que en otros lugares de Europa eran considerados como “diabólicos”.
A finales del siglo XVII y principios del siglo XVIII, la casa real francesa aconsajada por los sectores más conservadores de la Iglesia, vuelven a aconsejar que dicho lugar, sea abandonado, o como menos “olvidado”, y así sabemos que en el año 1701, el número de monjes que habitaban la abadía, apenas llegaba a la decena, y que según algunas crónicas de la época, muchos edificios amenazaban ruina.
El punto mayor de decadencia de dicho enclave es el año 1793, cuando los revolucionarios franceses incautan la abadía, ultrajan sus lugares sagrados, y como mayor escarnio, convierten el lugar en un gigantesco penal, situación que no cambiaría hasta 1874, en que el estado francés, casi con toda seguridad aconsejado por algunos ministros y altos dignatarios pertenecientes a logías masónicas, aconsejan que Sant Michel sea “mimado” y se le vuelva a dar la dignidad que tuvo en tiempos pretéritos.
Curiosamente, y no creemos que fuera por mera casualidad, lo primero que intentaron recuperar las autoridades francesas en aquel momento, fue la capilla de Notre Dame Sous Terre, erigida exactamente sobre el lugar en que el año 708, Aubert mandó construir un edificio en forma de cueva, tanto en honor al arcángel, como siguiendo cánones ancestrales y simbólicos muy arraigados en aquellos oscuros siglos de la Alta Edad Media, cuando el cristianismo aún se metamorfeaba y mimetizaba con las antiguas tradiciones paganas, principalmente célticas.Seguidamente, se puso gran interés en la reconstrucción de la capilla de Sant Etienne, que de origen gótico, había servido durante la Edad Media, de cementerio interior.En pocas décadas, Saint Michel volvía a recuperar el esplendor perdido desde hacía casi cien años.
El gran Ley y Sant Michel:
Mucho se ha escrito sobre la existencia de un gran “ley” ( alineamiento telúrico totalmente recto que une lugares sagrados) que en tiempos ancestrales (1), cuando la geografía bretona era muy distinta a la actual, unía varias docenas de dólmenes y menhires en una línea recta de más de 30 kilómetros. El dolmen que existía en el islote, sería solamente una parte de esta larguísima “vena telúrica” por donde las energías de la Madre Tierra corrían libremente, originando una serie de repercusiones en los seres humanos que les permitiría entrar en estados alterados de consciencia. Historiadores como Jacques Farou así lo creen, tras haber estudiado los megalitos que actualmente existen en la zona y otros posiblemente sumergidos en aquellas frías y oscuras aguas.
Curiosamente es conocida la tradición que nos cuenta que ya en la más remota antigüedad, en la cima del islote, se daban extraños fenómenos eléctricos y luminosos, que tanto los celtas, como posiblemente sus antecesores, consideraban como mágicos y sagrados.
Algunos investigadores galos creen que el ancestral santuario galo dedicado al dios Ogmios, para muchos considerados como el “guía de las almas” de la cultura celta,y que la arqueología “oficial” ubica en el arcano monte Dol, situado a unos 18 km de Sant Michel, estaba situado realmente en este majestuoso islote, y que allí, esta divinidad celta, emparentado con Taranis,era adorada por las tribus célticas de la zona.
Pero para otros investigadores, Ogmios era el “dragón”, que debía ser vencido por el dios benévolo, fuera Taranis, o llegado el cristianismo, por San Miguel, el arquetipo del “mata dragones”.
Fuera quién fuera la divinidad o divinidades que se adoraron durante milenios en la majestuosa isla-península, la realidad es que cualquier persona, por muy insensible que sea, que visite la isla-abadía, nota, siente, adivina, “sabe” que está en un lugar distinto, un faro del espíritu, un enclave mágico,que por sus angostas piedras, en contacto directo con el mar, unas fuerzas muy poderosas asciende, penetran en nuestros poros, y da lo mismo que se sea un católico convencido, un creyente relajado o un agnóstico sincero, pues la acumulación y superposición de edificios y estilos religiosos, el contacto directo entre los elementos tierra-agua, y su extraña geomorfología, hacen de Saint Michel, uno de los lugares más misterioso y mágicos de toda Europa, y cuando de madrugada se le ve aparecer entre las espesas brumas y la marinera niebla, se sabe que realmente allí, el ser humano puede ponerse en contacto con algo interior que le permitirá acceder a estados de consciencia muy distintos a los habituales.
(1) Los grandes “leys” estudiados en nuestro país, Inglaterra y el norte y sur de Francia, tienen como denominador común, el unir enclaves sagrados dedicados a San Miguel, y en algunos casos a San Jorge.
Miguel G. Aracil

¿Quién es miguel G. Aracil? http://www.miguelaracil.com/quien_soy.htm
Bibliografía de Miguel G. Aracil: http://www.miguelaracil.com/MASBIBLIOGRAFIA.htm
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