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Acompañar por Sayen
(Directora Curso de Doulas en Centro Nagual)

Acompañar es un acto que viene sucediendo, de manera natural, desde que la Humanidad existe. Al menos eso quiero creer. Decía un sabio, de los antiguos, que somos un animal social. Cada día estoy más convencida que una es, es decir existe, en relación a los demás. No me imagino en un Universo solitario. Y lo he intentado. ¿Quién es capaz de pasar días y horas total y absolutamente sola? Ni los beduinos del desierto. Siempre llega un momento en que has de relacionarte. Como dicen los indígenas norteamericanos “Por todas mis relaciones”. En el útero de mamá ya uno se está relacionando: con uno mismo, con mamá, con el líquido, con los sonidos, con las luces…. Es que los blanquitos occidentales creemos que relacionarse es de una persona a otra. Y estamos profundamente equivocados. Uno se relaciona con uno mismo y, por supuesto, con otras personas. Pero ¿qué pasa con las demás relaciones? Con una hormiga, con un árbol, la lluvia, el viento, el fuego, las flores, el dolor, la alegría, la pasión, una mesa, el tiempo, la muerte, el aire, la nada.

Estamos constantemente relacionándonos, de ahí que existamos. ¿Qué es una vida? Los momentos vividos, las diferentes situaciones que hemos ido generando… Nada más. Si naciésemos y nos quedásemos solos, sentados en el mismo sitio hasta morir, aún así estaríamos relacionándonos: con nuestros pensamientos, con el hambre, con la sed, con las ganas de orinar y defecar, con el frío y el calor…. Todo son relaciones.

Ahora bien, llegados a este punto, me pregunto “¿Cuán importantes son las relaciones con otros seres de tu misma especie hoy en día?” Mucho. Hemos llegado a un momento histórico donde la ciudad y el modo de vida urbano es lo que impera. ¿Y qué conlleva esto? ¿En qué está basado? Producción, vacío, soledad, desnaturalización del Ser…

Una mujer se queda embarazada, va al médico a que le “confirme” (porque ya su instinto está tan mermado que si no se lo dice alguien desde fuera, no es válido). Durante las 10 lunas de gestación, el bebé que está en su interior, ya está siendo “tomado por el sistema”. Tiene que pasar por “x” cantidad de ecografías, análisis y pruebas varias para comprobar que está yendo todo bien. Hasta aquí, aparentemente, no hay ningún inconveniente. Pero ¿y lo que hay escondido debajo de estos “controles médicos?” Papá estado ya está enviando el mensaje de “Eres para nosotros”. Así de fácil.
Llega el día del parto-nacimiento. Serán activados todos los mecanismos habidos y por haber que se puedan llevar a cabo para recordarle a esa mujer y su compañero (en caso de haberlo) que esto no es algo que vaya con ellos. Que este bebé es para el sistema, para que produzca cuanto antes y la máquina nunca pare. Ya sé, suena crudo, pero siento que es bien cierto.

Retrocedamos un poquito. Día de la concepción de este Ser… Una mujer y un hombre están haciendo el Amor. Nadie les ha dicho dónde, ni cuándo, ni cómo. Simplemente ha surgido. La danza de la vida está dibujando sus remolinos en torno a ellos. Nada más, ni nada menos. Y así es llamada la nueva vida. Fácil y bonito ¿verdad? ¡y divertido!

Pues bien, el día del nacimiento de este Ser, es cuando el fruto de aquel momento tan mágico, sencillo y maravilloso, sale a la luz. Y es aquí donde me pregunto ¿Qué derecho tenemos nadie, NADIE, por muchos títulos que tengamos, a meternos en esa danza de tres? ¿Quiénes somos para decirles cómo, dónde y cuándo hacer las cosas?
¿Qué extraña prisa nos obliga a no vivir el momento?

Ya está. Acaba de asomar la cabecita. Las primeras manos que le toquen, no serán las de su madre ni su padre, y llevarán guantes de látex. Primer contacto con el mundo exterior: estéril.

Se lo pondrán a mamá en el pecho. Segundo contacto con el mundo exterior: Me ahogo. Le acaban de cortar el cordón umbilical antes que deje de latir. “Ya eres nuestro”.
Le separan de mamá, para comprobar que todo está bien. Tercer contacto con el mundo exterior: Lo placentero y conocido (mamá) ya no está. Tensión, lucha. Empieza el ya no tan sutil “Eres para nosotros” que el sistema requiere. Cuanto antes se acostumbre al ser a las normas, antes servirá al Estado. ¿Crudo? Pues ocurre.

Al regresar con mamá, ya estoy vestido y perfumado. Adiós olfato e instinto. Empiezo a mamar. A papá no le veo, todavía está liado con los papeles. Tendrá que ir cuanto antes al registro civil. No sea que no quede ya fichado. También me han vacunado. Dicen los médicos que es importante que me vacune de la hepatitis B, que es una enfermedad de transmisión sexual. Me parece que eso de la sexualidad es algo que empieza rondando los 12 años ¡Qué bien! ¡Qué precavidos! Así, dentro de 10 años ya no tendré que vacunarme (¡qué buena calidad las vacunas! ¡cuanto duran!).

A partir de aquí, podríamos enumerar una serie de situaciones en cadena que van dándose, camufladas, a través de “consejitos por tu bien”. Que le bañes, que le peines, que le pongas colonia, que al pecho cada tantas horas y tantos minutos, que las cacas de este color, que el sueño, que el paseo, que tantas consultas pediátricas, que las visitas, que bla, bla, bla….

Estás pillada. Una retahíla de familiares y amigos, queriendo ayudarte sin realmente preguntarse qué es lo que necesitas tú y tu bebé, cuál es realmente tu deseo, tu sentir. ¡NO! Ni se te ocurra sentir. Va contra la razón.

Y aquí les presento, señoras y señores, el típico caso de depresión posparto. Eso en caso de que la mujer se haya permitido sentir un poquito y esté mínimamente conectada. Porque también puede suceder que esté “anestesiada” por el sistema y acate las normas tranquilamente, creyendo que esto es lo normal, lo que hay que hacer… que le sucede a todas.

Entonces se encuentra con la soledad más profunda de su alma. El primer mes pasa volando, SOLA todo el día, con un bebé al que desconoce y al que le cuesta conocer. Está ocupada aprendiendo a dar de mamar (porque nunca ha visto mujeres que lo hagan). Tiene los pechos hinchados, doloridos. Los pezones, rojos. La moral por los suelos. Y encima venga sonar el teléfono, los sms, los mails… todos queriendo conocer y saber de su bebé. ¿Y a quién le importa realmente lo que está aconteciendo?

Pasan cuatro meses, parece que ya está dominado el arte de amamantar. Ya nos reímos juntos, nos entendemos. Fin del permiso de maternidad. Vuelvo a la oficina. Te dejo en la guardería. Tus abuelos viven lejos. Los tíos están ocupadísimos. Salimos de casa a las 7.30 de la mañana. Hace frío, te llevo en el carrito. Mis brazos no son capaces de cogerte para luego tener que soltarte. Te dejo en manos de personas que no conocemos, pero no me queda más remedio que confiar.

Ahora ya sí, hijito, que estás pillado por el sistema. A mí no me queda más remedio. Si queremos pagar la hipoteca, tener un coche y un mínimo de comodidades, tenemos que trabajar todas estas horas. Así somos los adultos.

Te recojo y estás dormidito. Dicen que te has comido todo el puré y que Danielito te ha mordido el brazo. Ya en casa, intento despertarte, para verte al menos un rato. Pero, sinceramente, estoy tan cansada, y tengo que hacer la cena y tender la lavadora y llega la hora del baño y acostarte. Quizá el fin de semana podamos jugar.

¡Chapó! No tiene ni un año y ya está privado de los placeres más absolutos: el contacto con la teta, el calorcito de mamá, la risa, el compartir, el sentirse acompañado, el respeto a sus propios ritmos. Ya está hecha la obra más grande del Sistema: LA DESCONEXIÓN DE UNO MISMO. Ahora ya puedes producir, sin rechistar, sin cuestionarte, todo lo que EN LA VIDA HAY QUE HACER. Irás al colegio, luego al instituto. Luego viene la Universidad o formación profesional o algo, porque en esta vida hay que HACER algo. O estudias, o trabajas, o estudias y trabajas. Te levantas, te duchas, te vistes, desayunas, coges el metro, fichas en el trabajo, a las once el descanso, a las dos comer, a las 8 gimnasio, a las 9 cena, a las 10 televisión…. A las 11 murió.
Así de fácil es que pase una vida. Sin enterarnos de nada. Sin haber realizado nuestros sueños más profundos, sin habernos permitido sentir, preguntarnos quiénes somos, por y para qué estamos aquí, qué me apetece y qué no…

Me caso porque es lo que hay que hacer, tengo un hijo porque toca, vivo aquí porque es donde he nacido y es el sitio que conozco, voy de vacaciones a tal sitio, que es donde van mis padres… ¿Y yo quién soy? ¿Qué quiero? ¿Qué me apetece?

Duro. Bien duro. Visto así, claro. Vamos a cambiar de prisma. Retomemos el acompañar. ¿Qué significa? Busquemos primero de dónde viene la palabra. Deriva del vocablo latino PANIS: “acción de comer de un mismo pan”. De ahí viene la palabra acompañar. Si acompañas, estás comiendo de un mismo pan, estás COMPARTIENDO. Estás siendo un apoyo, una parte de la historia la creas tú. Pero no eres la protagonista.

Aquí llegamos al punto más importante que una doula tendría que comprender. La historia es del otro. Es la mujer que acaba de parir la que teje su propia vida, ella es la protagonista de lo que le acontece a ella misma y a su bebé. Ella es la que permite que sus aprendizajes sean de una manera u otra. Tú sólo estás ahí para estar, para ser, sin ser vista. Observemos el comportamiento gatuno. Están y no se les nota. Se desplazan delicadamente sin tirar objeto alguno y no por ello se privan de ir a donde les apetece. Son etéreos pero consistentes. Así tendríamos que ser las doulas. Un faro al que mirar desde altamar en plena noche oscura. Para saber dónde está la orilla que me contiene. Pero esa luz ha de tomar un par de tazas de Humildad, al menos. Nada de lo que una doula haga o diga debe condicionar a la mujer. Simplemente limitémonos a escuchar, a sentir, a dejar ser…. ¿Que tú lo harías de otra manera? Pues bien, cuando sea tu turno, hazlo a tu manera. Ahora es el turno de ella. Sin más, así de fácil.

Una mirada amorosa, una mano cálida, una caricia, un “te escucho”, un saber estar, una respiración profunda, pausada, un dejo mis emociones fuera o, mejor aún, sé que aunque surjan, las voy a transmutar, por el bien común.

Ahí está el secreto. Conozco mi historia, la estoy sanando, me atrevo a estar conmigo misma, a mostrar mi sombra, a trabajar con ella. Quiero mejorar, dar siempre lo máximo de mí. Y estar ahí, sin juzgar, sin prisa, atenta pero en calma. Diciéndote las cosas con Amor, con firmeza y dulzura. Nada más. Eso es acompañar.

Sayen

Profesora de yoga titulada por el Sivananda Yoga Vedanta Center. Instructora
de masaje infantil Shantala (tradicional de la India).
 
Doula formada en Barcelona por la Asociación "Mares Doules" con prácticas en
la Clínica Acuario en Alicante.
 
Actualmente acompaña embarazos, partos hospitalarios y en casa y pospartos.
Directora del curso de formación de doulas en Centro Nagual.
 
Coordinadora en Madrid de la Plataforma proderechos del nacimiento.

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