
¡QUE TODOS LOS
SERES SEAN FELICES!
enviado por: www.cepaluz.com
CARTA AL DIRECTOR.-
Hola:
Me llamo Koldo y soy un chico
de 23 años que desde hace algún tiempo busca
encontrar su verdadera identidad, hallar mi sitio en este
mundo confuso y alocado. Nací en Portugalete, ahora
sé que es un bello pueblo que se encuentra cerca de
Bilbao, aunque cuando tenía 7 años mis padres
se separaron. Fue mi madre la que decidió salir del
país vasco para dirigirse a Granada y emprender en
el sur de España una nueva vida, lo que hizo que me
llevara consigo.
No puedo decir que mi adolescencia
haya sido feliz, quizás condicionada por la ansiedad
que desde entonces arrastra mi madre y el despecho tirante
que sufre en la distancia mi padre. Sin embargo, he crecido
en una ciudad hermosa que abre su luz y las ganas de vida
a un espléndido horizonte.
He de deciros que una mañana
me levanté tocado por una radiante revelación
y decidí de pronto, amigos míos, hacer la maleta
y emprender un viaje de regreso al lugar que me vio nacer,
confiado en que allá no me sería difícil
matricularme en la Escuela de Artes y Oficios y emprender
una nueva vida. Omitiré contaros la sufrida conversación
que tuve con mi madre, temerosa de perderme y de saberme lejos
de su lado por primera vez, mas yo sentía una urgencia
interior por saber, una extraña inquietud por descubrir
qué lazos, qué experiencias me reclamaban fuera
de Andalucía.
Siempre he tenido la impresión
de que el pueblo vasco no solamente está imbuido por
una cultura ancestral, sino que cuando en las escasas ocasiones
en que he viajado de niño para compartir unos días
con mi padre, me he llevado de estas tierras la sana emoción
de sentir que su paisaje y sus gentes están tocados
por un halo especial, un vaho de dignidad y de riqueza que
es de dentro, que se expresa vivamente en sus tradiciones
y en sus costumbres.
Me lleva contaros esto una
experiencia que tuve a los pocos días de clase, cuando
pude observar con asombro cómo la profesora de manualidades
cambió de repente el timbre de su acento castellano
para continuar dando la clase en euskera. Al instante me quedé
atónito y pasmado, mas pude reaccionar para pedir a
un compañero cercano que me informara de lo que más
o menos nos decía.
— Señor Koldo
García —me espetó de repente la profesora—.
¿No sabe que el euskera es nuestra lengua materna,
y que a esta clase ha de venir con un mínimo de conocimiento
de ella?
— ¡Oh sí…!
—dije yo—. Siempre me ha fascinado saber que aquí
tenemos ese privilegio. La lengua es un instrumento maravilloso…
y ustedes son muy afortunados de disponer de dos.
Puedo decir, sin riesgo a
equivocarme, que mi contestación espontánea
y sincera no fue del todo entendida no sólo por la
profesora, sino también por algunos colegas que me
miraron con un aire socarrón y displicente. Entonces
me sentí verdaderamente mal, porque yo, que hasta ese
instante creía que estaba entre mi gente, entre paisanos,
veía como por esa cuestión comenzaba a establecerse
una cortina de humo que oprimía mi corazón.
— Usted no comprende
lo importante que es para un pueblo su propia lengua —afirmó
la profesora.
— Bueno, intento hacerlo.
Yo creo que es como un instrumento de comunicación
entre las gentes y los pueblos. Hay campesinos que disponen
de un sólo utensilio para labrar la tierra, y ven con
asombro que aquel vecino que dispone de dos lo hace con más
soltura, tiene más recursos que le lleven al objetivo:
hacer que el campo dé sus frutos. Para mí el
gran objetivo del lenguaje es el entendimiento entre las personas;
y siento como vasco —porque también lo soy—
que somos ricos y afortunados por disponer culturalmente de
dos posibilidades para la comunicación, aunque yo,
como otros compañeros de esta clase, aún no
la hayamos aprendido.
— La lengua no es un
objeto de labranza… es algo más, forma parte
de nuestra identidad —señaló la profesora.
— Yo creo que para cualquier
campesino aquel instrumento que le permite subsistir y comer
forma parte de su gran cultura y de su identidad. —Sentí
a mi alrededor que algunos rostros se congestionaban de incredulidad
y asombro—. Yo creo que un hombre del campo contempla
estas cuestiones desde el «acto simple», que suele
ser el más práctico y creativo. Ellos, cuando
terminan de segar con la hoz, guardan el instrumento para
la faena del día siguiente; y no deciden seguir usándola
para otros menesteres a los que no está llamado su
uso —tragué saliva para continuar expresándome—.
Podemos convertir la lengua en una bandera, en una insignia,
en una referencia del «Yo particular» que nos
hace egocéntricos y así, en vez de elegir ser
ricos…, en vez de asumir legítimamente lo que
la naturaleza nos brinda para nuestra edificación como
personas, para hacer nuestra cultura magnífica y universal,
decidimos la pobreza de contemplarnos desde un solo ojo.
He de deciros que expresaba
sinceramente aquello que mi corazón sentía,
quizás porque fue en ese momento cuando comprendí
que estaba afirmando una identidad más profunda, esa
frecuencias de la persona que forman parte de su realidad
anímica, y no del personaje externo que a veces, sin
conciencia, pretendemos defender con razonamientos y discursos
exclusivistas. A mi lado observé unas pupilas inyectadas
por un brillo de pasmo y dolor. La clase continuó en
euskera, y a partir de entonces tuve que afrontar un muro
insalvable que llaman cultura, que hace que un sector amplio
de este país se le agrie el carácter, se vea
sumido en el rencor de tiempos pasados, en la gloria de la
pancarta y la continua reivindicación, sin permitirse
un asomo de paz y asunción con la vida, que es continua
y cambiante.
¿Dónde se encuentra,
amigos míos, mi verdadera identidad? He tenido que
matricularme como vascuence, contemplar desde lejos los torreones
de la Alhambra, las sierra del sur, nevada por los visos malvas
de los omeyas, el solemne Árbol de Guernica, para saber
que la identidad de mi corazón es universal, no sujeta
a partidismos donde la animadversión y una vieja congoja
ahogue las gargantas.
Para mí que como seres
humanos, como personas que deciden por una voluntad de comprensión,
nos pudimos entender hasta que resonó en la clase ese
«cerebro colectivo» que ignora y margina al que
es diferente, ese empuje del «Ego» áspero
que asola las mentes de los hombres y de los pueblos.
«Nadie se puede bañar
dos veces en el mismo río» nos dice un viejo
aforismo budista. Mas yo siento que hay individuos que aquí
y allí si lo hacen, atrapados en la lucha que cría
conflicto y rencor, que deciden contemplarse una y otra vez
su propio ombligo, buscando en ese centro una identidad embebida
por el tiempo.
¿Hacia dónde
viaja está humanidad trastornada por las ideas de género,
de religión, de cultura y clase? ¿Hacia dónde
encaminaré mis pasos como ser humano? Sólo quiero
nutrirme de la sustancia de los pueblos, hechos hermanos en
mi corazón. Sentir la esperanza de que todos viajamos
hacia espacios comunes, y que podemos dejar atrás,
sin ningún riesgo ni dolor, la vieja cultura de lo
exclusivo. Alguien me dijo que a lo universal se llega a través
de lo particular y yo me pregunto: ¿cuándo conquistaremos
esa esperanza, dejando a un lado la estúpida gloria
de aquel que cree llevar razón, que se empeña
en utilizar la hoz de segar como instrumento de desprecio,
de separatividad, de guerra?
La verdadera causa de todos
los problemas de convivencia y comunicación entre los
hombres reside en la obstinada condición del «Ego».
Ese «Yo-idea», ese «Yo-bandera» pretende
posicionarse, afirmarse, cueste lo que cueste, frente a las
consideraciones de los demás. ¡El amor propio
herido, la cicatriz soberbia de los adolescentes! Somos, en
verdad, multilingües porque podemos adaptarnos a la necesidad
del que tenemos al lado, sin que cree conflicto con la nuestra;
somos, en verdad, multicoronarios porque nuestro corazón
puede sentir como propio lo ajeno, en la flor común
donde todas las culturas convergen; y siento que es así,
queridos hermanos, como, tomando conciencia de ello, podremos
encontrar la paz.
Koldo García (DEPARTAMENTO DE
INFORMACIÓN DE C.E.P.A.)